Opinión

La familia en peligro

El combate general en contra de la pobreza debe darse desde la familia

Entre otros libros, Kliksberg es autor de Valores éticos y vida cotidiana y Los desafíos éticos de América Latina.

Hay una víctima silenciosa de los serios problemas de pobreza (41%), desocupación (9,3%) y exclusión social que presenta América latina: la familia. La imposibilidad de obtener un empleo digno, las dificultades para satisfacer las necesidades básicas, el hacinamiento, la necesidad de que los niños trabajen, la deserción escolar y otras dimensiones de la pobreza tensan al máximo a las familias y promueven fracturas y conflictos que pueden llegar a desarticularlas.

Ello afecta no solo a las familias pobres. La rápida conversión de personas de clase media en nuevos pobres en la Argentina de los 90 llevó a la implosión de numerosas familias. La situación genera una de las mayores iniquidades. Están los jóvenes que tienen todas las protecciones para constituir familias si así lo desean y están aquellos que aun queriendo formarlas no pueden hacerlo, por las agudas incertidumbres económicas. Ese indicador, la tasa de renuencia a formar familia por razones externas a la pareja, ha venido ascendiendo y es una de las expresiones ocultas más agresivas de la iniquidad y la exclusión.

La sociedad paga costos altísimos por el debilitamiento de las familias. Es hora ya de sincerarlos y de ponerlos en el debate público.

La familia es fundamental para la formación afectiva, espiritual y emocional de los jóvenes. No son supuestos. Se ha verificado que el 50% de su rendimiento escolar está ligado al grado de apoyo, estímulo y salud general del núcleo familiar. También es esencial para impartir una cultura de salud pública preventiva. Asimismo, cuando se carece de ella, la vulnerabilidad aumenta. Los niños extramatrimoniales tienen una tasa de mortalidad infantil mucho mayor y los niños que no viven con sus dos padres tienen mayores daños en diferentes aspectos del desarrollo psicomotriz. La familia es también la más efectiva unidad preventiva del delito con que cuenta una sociedad. Si forma éticamente a los jóvenes a través del ejemplo, los apoya y tutorea, ello será de alta incidencia. Estudios en diversas realidades, como las de Estados Unidos y Uruguay, sobre amplias muestras, indican que dos tercios de los delincuentes jóvenes vienen de familias desarticuladas.

Desempleo juvenil. La combinación de alto desempleo juvenil y familias desarticuladas se encuentra en la base de las alarmantes tendencias al ascenso de la criminalidad joven en el país y en la región que, equivocadamente, suelen discutirse solamente como tema policial.

Investigaciones recientes dan cuenta clara del peso de la familia en el desempeño vital. Así, la Universidad de Emory (2005) demostró que, cuando los miembros de la familia comen juntos en forma regular, se producen diversos efectos favorables en los niños. Una comida cotidiana en la que se discute lo que pasa en el hogar, en el trabajo, en el país y en el mundo y en la que los niños participan de la ayuda a su futuro. Los datos muestran que hace más probable que haya jóvenes con alta autoestima y fuerte sentido de su lugar en el mundo. Asimismo, "hay menos problemas de comportamiento, menos problemas internos, como depresión y ansiedad, y menos problemas externos, como agresiones y delincuencia". No son procesos unilineales: siempre incidirán muchos aspectos, pero este parece ser uno de ellos. No solamente los niños se benefician. Investigaciones de la Universidad de Pennsylvania indican los efectos positivos de una vida familiar feliz sobre la curación de enfermedades varias.

A la inversa, cuando hay violencia doméstica los efectos son muy regresivos. Un estudio de la Organización Mundial de la Salud sobre 24.000 mujeres de diez países que sufrieron violencia doméstica halló que tenían el doble de probabilidad de enfermarse que otras mujeres y que los efectos persistían mucho después de que la violencia cesara.

Los jóvenes latinoamericanos captan claramente el valor de la familia. Un estudio de Cepal (2004) llega a la conclusión de que "a diferencia de la desconfianza generalizada que manifiestan frente a otras instituciones, la familia se mantiene como un entorno afectivo y modelo de referencia fundamental para los jóvenes".

La importancia crucial de la familia es captada por todos los sectores de la sociedad. Según una encuesta reciente realizada en Lima, el 96,4% de las personas consideraron importante o muy importante a la familia. Leyes fundamentales han proclamado a la familia como base de la sociedad, entre ellas, la Declaración Universal de Derechos Humanos y el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales.

Un gran pacto nacional. En la región, ante el desafío de la pobreza, la familia es la unidad central a la que hay que fortalecer para dar esa pelea. Una nueva generación de políticas sociales parece estar recogiendo este cambio de estrategia tan necesaria. En ella se inscriben, entre otros, el Plan Nacional Familias para la Inclusión Social, de la Argentina; la Bolsa Familia, de Brasil; Chile Solidario, y el Plan Nacional de apoyo a la familia, de Perú.

Pero se necesita aún mucho más. Las realidades familiares son muy duras para amplios sectores en la región y el país. En la Argentina, constatando claros progresos en la reducción de la pobreza entre junio de 2004 y junio de 2005, un estudio de la Universidad Católica señala que todavía "cuatro de cada diez hogares tienen problemas habita- cionales" y que, en el estrato socioeducativo muy bajo, "el 71,2% de los hogares convive con el hacinamiento, una deficiente protección de la vivienda o un saneamiento inadecuado".

Se requiere un gran pacto nacional en torno al fortalecimiento de la familia. En ese pacto, a la acción del Estado deben sumarse activamente las empresas y todos los sectores de la sociedad civil.

Fortalecer las familias es asistir a la tarea invalorable de uno de sus pilares: las madres. Un viejo proverbio judío ha señalado sobre ellas, recogiendo la sabiduría bíblica, que la divinidad no podía estar en todos lados y que, por consiguiente, creó madres. Sigmund Freud señaló, en sus análisis del ser humano, que el amor de una madre por su hijo es la más perfecta y la más desprovista de ambivalencia de todas las relaciones humanas.

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