La situación política y económica en Zimbabue se está volviendo cada vez más crítica, pero el gobierno de ZANU-PF parece determinado a mantenerse en el poder pase lo que pase. Ya es hora de imponer un embargo de armas al régimen asesino de Robert Mugabe. No obstante, para que funcione, se requiere presionar para que éste sea también aplicado en los Estados sudafricanos, y en Sudáfrica en particular.
Terrible situación. Las noticias desde Zimbabue empeoran cada día. El Gobierno ha soltado al Ejército y a la Policía en contra el Movimiento por el Cambio Democrático (MCD). Decenas de activistas del MCD han sido asesinados, torturados o asaltados. El control estatal de la prensa y la prohibición de reuniones públicas hicieron imposible que el candidato del MCD, Morgan Tsvangirai, ganara la segunda ronda de la elección presidencial. Como consecuencia, se retiró de la contienda y Mugabe ganó automáticamente.
En el frente económico, la situación es terrible. La crisis económica, que surgió a raíz de la expropiación de las haciendas comerciales efectuada por Mugabe en el 2000, ha dejado a cuatro de cada cinco ciudadanos sin trabajo. El ingreso tributario del Gobierno colapsó, así como muchos de los servicios públicos. Se le ordenó entonces imprimir dinero al Banco de Reserva de Zimbabue para compensar el déficit en el presupuesto, generando la primera hiperinflación del siglo XXI.
Para finales de junio, la inflación total durante el período de hiperinflación en Zimbabue llegará a la impresionante cifra de 366.386.083.683 %, 36 veces más que la inflación total que enfrentó la República de Weimar a principios de la década de los veinte. Un dólar estadounidense, que compró 50 centavos zimbabuenses cuando Mugabe asumió el poder en 1980, se vendió por 25.000 millones de dólares zimbabuenses el 9 de junio de este año.
Muchos zimbabuenses, especialmente aquellos que viven en zonas rurales, sobreviven gracias a las remesas de sus parientes en el extranjero y a los alimentos que llegan de ONG y agencias gubernamentales de Occidente. El régimen usa la escasez de alimentos como un arma política contra los partidarios de la oposición –se les proporciona alimentos solamente a aquellos que tienen la tarjeta de membresía al partido ZANU-PF–.
Embargo de armas. Es imperativo prohibir que el ejército y la policía adquieran las armas que necesitan para acabar con el descontento interno. Un embargo de armas no ha sido considerado seriamente en el pasado por dudas acerca de que su implementación tenga éxito.
Para ser exitoso, un embargo de armas, debe tener el apoyo de los estados sudafricanos en general, y de Sudáfrica en particular. La cooperación de los Estados sudafricanos ahora parece más probable. Líderes regionales, como los de Angola y Zambia, quienes anteriormente han permanecido en silencio con respecto a la crisis en Zimbabue, han ido incrementando sus críticas hacia Mugabe.
Tal como en la década de los setenta, Sudáfrica tiene en sus manos la solución de la crisis en Zimbabue. En ese entonces, el gobierno del Apartheid juzgó que el costo de ayudar a un Gobierno blanco en Rhodesia era muy alto. Cuando Sudáfrica interrumpió su apoyo al régimen de Salisbury, el Gobierno de Ian Smith colapsó y fue sustituido por el obispo Muzorewa.
De manera similar, hoy el objetivo debería ser que el apoyo del presidente Thabo Mbeki a Mugabe se vuelva cada vez más costoso para Sudáfrica. El Gobierno de Mbeki, actualmente en el Consejo de Seguridad de la ONU, debería ser inhabilitado y forzado a votar sobre el embargo inmediato de armas.
Además, los sudafricanos deberían estar informados de que la ambición de su país de convertirse en miembro permanente del Consejo de Seguridad de la ONU seguirá siendo un sueño imposible mientras sus Gobiernos continúen apoyando a dictadores en Birmania, Cuba, y Zimbabue. Finalmente, los sudafricanos deberían saber que la controversia con Mugabe amenaza el éxito de la Copa Mundial del 2010, de la cual serán anfitriones.
Nunca fue probable que la elección presidencial trajera una solución a la crisis en Zimbabue. Robert Mugabe, después de todo, dijo claramente que no va a dejar el poder mientras él viva. Como tal, la presión internacional intensa sobre el gobierno de Zimbabue nunca había sido tan necesaria.