A cierta edad, las personas nos vamos haciendo invisibles; nuestro protagonismo en la escena de la vida declina; pareciera que no existimos para un mundo en el que solo caben el ímpetu de los años jóvenes, las figuras delgadas y espectaculares, deportistas, cantantes, artistas de cine, políticos jóvenes...
No sé si me habré vuelto invisible... Es probable; pero nunca he sido tan consciente de mi existencia como ahora, nunca me he sentido tan dueño de mi vida, y nunca disfruté tanto de ella. Además, se afirma el convencimiento de estar en las manos de Dios, que amorosamente cuida de mí, y para quien soy visible desde la eternidad. Y eso sí que cuenta para siempre.
No soy un dechado de talentos ni de virtudes, pero he descubierto la persona que soy, con sus grandezas y sus miserias.
Me percato de que no soy perfecto, que tengo defectos, debilidades; que me equivoco, que hago cosas indebidas, que no respondo a las expectativas de los demás.
Como a uno mismo. Y, a pesar de ello..., he aprendido a quererme como soy. Soy buen amigo de mí mismo: me aconsejo, me exhorto, me cuido, me comprendo y me perdono. Y lo mismo, exactamente, trato de hacer con los demás. Porque entendí que el mandato de amar al prójimo como a uno mismo, comienza, precisamente, por aprender a amarse bien uno mismo y desde allí, con toda dedicación, muy bien a los demás.
Cuando me miro al espejo, sonrío al que soy, con cariño: me veo bastante maltratado por los años, pero soy yo y no tengo otro tan conocido y tan buen amigo...
Celebro la posibilidad de poder elegir, a cada instante, quién quiero ser; me alegro del camino andado, de la experiencia que me han otorgado los muchos años y del trato con las personas: unas por lo grandes que fueron y otras por los defectos con que actuaron. Unas porque han sido muy buenas conmigo y otras porque no lo fueron. Todas ellas han sido una fuente valiosa de enseñanza. A nadie malquiero.
He aprendido a apechugar con mis errores y contradicciones. Valoro lo recorrido. Lo vivido es maravilloso, no tiene precio... No quitaría nada, aunque hay de todo: alegrías, dolores, incertidumbre, errores. Sí me arrepiento de haberme alejado en ocasiones de la voluntad divina y de haber causado algún dolor a los demás. Por ello le dedico al Señor horas de adoración y le doy al prójimo todo lo que pueda, desde consejos hasta bienes materiales. Ello es motivo de enorme alegría.
El caso es que todavía ¡estoy aquí! Y ello está muy bien.
¡Qué bien vivir sin la obsesión de tener que alcanzar metas demasiado dificultosas y en competencia con otros! Prefiero dejar el campo a quienes pueden hacer mejor lo que yo no puedo. Me conformo con hacer solo lo que los años me han enseñado que puedo hacer y no lo que no está dentro de mis posibilidades.
Expectativa de la eternidad. Mis planes y mis actividades son modestos y procuro realizarlos en mi vida corriente: trabajar, hacer ejercicio, orar, meditar, leer, hacer mandados, cantar, escribir, dar lecciones, compartir cuanto tengo con quienes crean que algo mío puede servirles, escuchar lo que otros dicen. Ser tolerante con los demás en lo que me disgusta, usar paciencia inagotable. En horas de silencio, regocijarme con la expectativa de la eternidad.
No ofenderme por nada y tener listo el perdón, como una alfombra, aun antes de que surja la ofensa.
¡Se experimenta, entonces, cierta tranquilidad, sin sentir el desasosiego que produce correr permanentemente buscando lo que quizá no vale la pena, como que todos lo quieran a uno o lo estimulen o lo aplaudan o lo elijan!
Quererse y respetarse uno a sí mismo y a los demás, sin condiciones, es lo mejor.
Valoro y agradezco mucho el amor que recibo y procuro darlo sin límite ni condiciones. De ese modo, una alegría constante está en mi corazón y la parte no satisfecha solo está a la espera de que la llene Dios, que es la parte que solo Él puede completar. Nadie más.
Uno descubre así los mágicos encuentros interiores ya que se da gran actividad espiritual en lo hondo del alma.
Resulta hermoso haber llegado a comprender que lo mejor de todo no está fuera, sino dentro de uno mismo. Gran razón tenía San Agustín cuando manifestó, hablando de Dios, que Él era más íntimo a uno, que lo más íntimo de uno mismo, y que en lo interior del hombre habita la verdad.
Es cierto: Lo mejor de la vida comenzó a los setenta.