Las recientes manifestaciones callejeras en Belgrado, Tirana, Bucarest, Sofía y en otras capitales de Europa del Este parecen decir que la democracia por fin está llegando a las puertas de estos países que, con la única excepción de Polonia y Checoslovaquia, antes de la II Guerra Mundial y sólo por un breve período, nunca conocieron un sistema democrático. Entendemos por un sistema político democrático aquel cuyas decisiones colectivas son tomadas por líderes seleccionados a través de elecciones limpias, honestas y periódicas y en las que los candidatos compiten libremente por los votos con la participación de toda la sociedad (Schumpeter).
Después de la primavera de los pueblos en 1989, las elites políticas de casi todos los países del este maniobraron astutamente y convirtieron sus desprestigiados partidos comunistas en socialistas, dejando presentes y bien visibles sus cuadros políticos con sus métodos autoritarios. En algunos países, como Rumania y Serbia, siguieron siendo unas férreas dictaduras comunistas ocultas bajo una fachada nacionalista que renovaba como antaño sus viejos fantasmas de resurrecciones nacionales victoriosas sobre enemigos milenarios.
Los trece países que conforman la Europa del Este, comprendiendo en esta agrupación los cinco países secesionistas de la antigua Yugoslavia (Eslovenia, Croacia, Bosnia-Herzegovina, Serbia y Macedonia), han conocido etapas históricas muy diferentes, pero podemos decir que todos ellos se caracterizan por haber sufrido durante casi medio siglo bajo un régimen dictatorial una soberanía limitada sin ninguna posibilidad de un desarrollo propio y un gran aislamiento. Además, estos países comparten unas raíces históricas similares, fueron parte de uno u otro de los grandes Imperios del siglo XIX y todos estuvieron bajo la órbita soviética. Excluimos de nuestro análisis a la antigua República Democrática Alemana porque esta fue absorbida completamente por Alemania. Otra característica de los países de esta región es que han pasado de un sistema de economía altamente centralizada a un sistema de economía mixta o liberal, y con las únicas excepciones de Hungría y Checoslovaquia, estos países nunca conocieron el libre mercado.
Este grupo de países los podemos agrupar actualmente en tres categorías: países con un incipiente desarrollo democrático: Albania, Serbia, Bulgaria, Rumania; países con un débil desarrollo; Bosnia, Croacia, Eslovenia y Macedonia y países con un cierto grado de desarrollo: Polonia, Hungría, Eslovaquia, y la República Checa. De todos ellos, los que más han avanzado son estos últimos, los que no sólo han fortalecido un sistema de partidos políticos, la alternancia política y los demás controles democráticos, sino que sus políticas macroeconómicas y sus economías en general son las más florecientes de la región, en algunos inclusive, como es el caso de Polonia, Hungría y la República Checa han tenido un crecimiento de más de 12 por ciento anual, aunque la tasa inflacionaria y de desempleo sigue siendo elevada en Polonia. Estos cuatro países últimos han superado la herencia de la economía centralizada y se prestan para terminar su fase de transición y entrar de lleno a competir con el mundo en desarrollo, y para ello ya han solicitado ser miembros de la Unión Europea y otras instituciones regionales.
Los demás países sufren una aguda crisis económica y social peor que la de Occidente entre 1929-33 y, después de un aparente compás de espera, la sociedad civil empieza a salir de su modorra y comienza tímidamente a expresarse, el caso más importante ha sido Rumania, cuando las elecciones del año pasado le quitaron el poder a Illescu, antiguo lugarteniente del dictador Ceacescu para darle el gane a una nueva generación política. Algo similar ha pasado en Bulgaria. Las recientes elecciones han sido muy importantes porque con ellas se han sustituido todos los altos responsables del régimen comunista de Todor Jukov, que todavía ocupaban posiciones estratégicas manejando un discurso político corporativista, muy de plena Guerra Fría. En Albania las recientes manifestaciones callejeras también son signo de que las cosas están comenzando a cambiar, la población exige responsabilidades a sus líderes políticos.
Todavía quedan casos difíciles en la zona, especialmente en los Balcanes, como es el caso de Serbia, que es el país más poblado de la región, con una economía que no funciona y que apenas sobrevive gracias a que puede vender sus excedentes agrícolas y su energía eléctrica. El país sigue gobernado por Sloban Milosevic, antiguo apparátchik del Partido Comunista, creador del actual partido Socialista. El y su esposa Mita Markovic, jefa del Partido la Izquierda Unida Yugoslava, han instaurado un régimen político muy similar al de los esposos Ceacescu y mediante corrupción, intrigas, pillaje y un discurso nacionalista gastado sigue aferrándose al poder con métodos de los mejores años stalinistas. Las recientes demostraciones de la población civil en Belgrado y otras ciudades, demuestran que el régimen está agotado y las masas están cansadas de un Gobierno que si bien no involucró al país oficialmente en la guerra, es el responsable directo de todo el problema bélico en la zona con su trasnochado panserbismo. Sólo un cambio pacífico de gobierno en Serbia, puede demostrar que este país se quiere integrar y estar en paz con sus vecinos y con Europa, como lo han hecho Bosnia-Herzegovina y Croacia.
Lo más importante del retorno democrático a los países del Este de Europa es la lección que nos han dado. Han pasado de un feroz sistema autoritario, de un sistema político del que se decía que no había retorno (Kirpatrick), a un sistema que cada vez más avanza hacia la democracia. Es la fase final de lo que S. Huntington llama la Tercera Ola, el último esfuerzo democrático a finales del siglo XX. Aún nos quedan de este lado del mundo, Cuba, ejemplo tropical de un régimen que no quiere ver los efectos de esas olas democráticas.