Época convulsa, la viví intensamente; al principio estudiante en la Escuela Buenaventura Corrales, oí al doctor Rafael Ángel Calderón Guardia, en la plazoleta al frente, pronunciar un discurso sobre los límites con Panamá. Poco tiempo después, vi en la avenida central, de pie sobre un automóvil, la enjuta y alta figura de León Cortés, enfurecido contra el Gobierno. Una noche, en visita de cortesía, llegó a casa, allá por la cuesta de la Penitenciaría, Teodoro Picado –moreno, pelo negro lacio y vivos ojos eslavos color verde–, viejo condiscípulo de mi padre en el Colegio San Luis Gonzaga, allá en la brumosa ciudad abatida por el terremoto, y en la Escuela de Derecho.
Chiquillo disfruté frente a la catedral aplaudiendo el jeep rojo con Manuel Mora, Calderón Guardia y monseñor Víctor Sanabria y Martínez, custodiados por la corpulenta figura del coronel Rigoberto Pacheco Tinoco. Ese día empezó la reforma social de Costa Rica con la emisión de las Garantías Sociales y poco después el Código de Trabajo –libre competencia entre las empresas y los trabajadores con dignidad humana–, salud para los pobres en la CCSS y el progreso de la juventud con la Universidad de Costa Rica.
Desfilé por las calles de San José con el uniforme liceísta –chaqueta gris, camisa blanca y corbata negra– gritando “Queremos votar” y “Dónde está escondido lo que el viento se llevó: en la finca…”. El dueño ya entonces, un oposicionista ulatista virulento.
Atónito. Contemplé desde la puerta de mi casa, atónito, el “Desfile de la Victoria” dirigiéndose al Cuartel de la Artillería. Por primera vez en mi vida distinguí a José Figueres en un jeep , con cachucha como los soldados que marchaban cubiertos con gangoche pardo. Al frente, una tía de mi padre, a quien mucho queríamos y sigo respetando los buenos recuerdos que de ella conservo, gritaba enardecida señalándonos: “Allí viven mariachis caldero-comunistas”.
Disfruté y sufrí en carne propia ese “amor en los tiempos del cólera” que finalizó a mis 14 años. Dos días y una noche en prisión, mediocre liceísta sacado de las aulas esposado y en jeep . Un grupo del segundo año íbamos a tomar Limón, y de triunfar la historia de Costa Rica en los últimos 50 hubiese sido distinta.
Una madrugada me desperté por algún ruido, traté de incorporarme y un golpe seco de culata me arrojó de nuevo a la cama, cabeza muy adolorida. Por la puerta pasó mi padre, en pijama y esposado. Más de un mes subiendo la cuesta de la Peni para llevarle en portaviandas la modesta alimentación: sopa, arroz y frijoles, papa o yuca, con un termo de café negro. El oficial de la puerta revolvía la comida, buscando armas ocultas entre el gallo pinto. Disimulados dentro del termo, Papá nos enviaba papelitos: “Para Navidad no manden tamales. Hay 2.000 y el olor es insoportable”. Por cierto, nunca más los volvió a comer.
Hastiado. Recuerdo otro: “Envíen DDT para echarle a las ratas que suben al colchón tirado en el suelo de la celda”. Poco después llegaron unos dominicanos por mi madre, orden de un maldito cobarde. Mi abuelo, cuzcatleco, de pie en la puerta nada más dijo: “Pasen sobre mi cadáver”. Titubearon y llamaron por radio. Nosotros, mientras tanto, telefoneamos a Fernando Baudrit Solera, quien contactó a monseñor Víctor Manuel Sanabria, y la orden fue revocada. Sucedieron entonces varios episodios similares, pero estoy hastiado de esa época.
El adversario fundó el ICE en monopolio, y, hoy que escribo, el presidente de la República declara que hay que abrirlo a la competencia –quitándonos la amarilla camiseta de fuerza– pues es un montón de chunches herrumbrados; la nacionalización bancaria eliminada por el hijo y se cayeron el INVU que “tugurió” el campo, el corrupto ITCO, luego IDA, el deficitario Consejo Nacional de Producción, la robadera de Codesa y el pomposo IMAS que quebró chanchitos, todos ellos hoy en innegable desuso por inútiles. Solo persisten las Garantías Sociales, la Universidad de Costa Rica, el Código de Trabajo y la CCSS, la cual debe ser fortalecida sin mezquindad. Fue saqueada, amarga desilusión de 60 años de mi vida.