“La miseria humana no se exhibe”, fue la respuesta que dio un amigo muy enfermo cuando declinó aceptar una invitación a un agasajo en su honor. Atestiguando el triste papel que está desempeñando Francia en los foros mundiales, la debilidad tampoco se debe exhibir. Hoy Francia es débil en todo sentido. En el campo económico, sistemáticamente, crecen el desempleo, las cargas sociales, los impuestos y se manifiesta una clara debilidad de sus empresas para competir en los mercados mundiales. En lo político y militar, este declive es sostenido desde la Primera Guerra Mundial.
Producto de esa guerra, Francia tuvo un muerto por cada 28 habitantes y, pese a ese costo, todavía no ha aprendido que ese es el precio que las democracias están condenadas a pagar si apaciguan agresores. Cuando, el 21 de setiembre de 1931, Japón lanzó su guerra de agresión contra Manchuria, violando el Tratado de Versalles, que obligaba a sus miembros a enfrentarse militarmente al agresor, Francia, en lugar de cumplir con su obligación, “demandó”, ante la Liga de las Naciones, el 30 de setiembre, “que Japón retirara sus fuerzas”. Repitió su “demanda” el 9 y el 10 de diciembre, pero ya para entonces toda Manchuria estaba en manos de los japoneses. Los japoneses, correctamente, percibieron la debilidad de Francia y sus aliados y lanzaron su ofensiva contra Pearl Harbor, desatando la guerra en el Pacífico. Lección: el apaciguamiento de dictadores conduce a la guerra.
Más “demandas”. En diciembre de 1934 Mussolini invadió Etiopía, violando el Tratado. Etiopía apeló a la Liga. Francia, en lugar de cumplir con su obligación, logró que se nombrara una comisión investigadora, como la de Iraq, que concluyó que no había culpa de ninguna de las partes. Mussolini procedió a subyugar Etiopía. Pero, de mayor importancia, Hitler concluyó, correctamente, que esta debilidad probaba la vulnerabilidad de Francia y el 7 de marzo de 1936 tropas alemanas ocuparon Renania, bajo tutela francesa, en violación del Tratado, con 1.500 hombres. Francia contaba con 100 divisiones (más de 1 millón de hombres), pero, en lugar de cumplir con sus compromisos con el Tratado y con la Liga de las Naciones, de nuevo apeló a la Liga con sus usuales “demandas”, siempre en nombre de la paz. Existe un consenso entre respetados historiadores que si Francia hubiera resistido, habría terminado con Hitler, salvando de la muerte a los 55 millones que perecieron en la Segunda Guerra Mundial.
Hoy, Francia, una vez más, practica el apaciguamiento de otro dictador sanguinario y expansionista, armado hasta los dientes con armas de destrucción masiva. La de Francia, de nuevo, es la política de la debilidad: blandengue, decadente y moralizante. Y, además, incoherente. Alega que no acepta una acción militar contra Iraq sin un mandato del Consejo de Seguridad. Sin embargo, ya lo hizo, dos veces: apoyó los ataques de EE. UU. contra Bagdad en diciembre de 1998 y respaldó, e incluso participó, en los ataques aéreos de la OTAN en contra de Yugoslavia en marzo de 1999.
Desatino. En la Francia de hoy, su Ministro de Relaciones Exteriores declara que las inspecciones todavía no han funcionado porque Sadam Husein no ha cooperado. Y en la próxima frase sugiere que esto se arregla enviando tres veces más inspectores. Ergo, si Husein no coopera con 3 inspectores, digamos, sí va a cooperar con 9. Pero su desatino va todavía más allá. Dice que el despótico Husein debe legislar en su propio país para que se prohíba la producción de armas de destrucción masiva. ¡Ay, Dios!
En La Nación, el señor Embajador de Francia en Costa Rica, dice que “nada justifica la guerra”. Si Estados Unidos hubiera tenido esa misma política en 1941, él y todos los franceses hoy estarían hablando alemán. La posición disminuida de Francia y de Europa quedó demostrada cuando no pudieron resolver el problema en Kósovo, y el ejército norteamericano, una vez más, tuvo que sacarlos de un problema gestado en su propio continente.