Posiblemente el título de este artículo sería suficiente para hacer escarnio de los hechos recientes, relacionados con el cura rebelde de la iglesia Católica de Costa Rica. Pero no deseo caer en el vicio de lanzarle fuego y azufre, pues de seguro muchos tenemos una carga de defectos mayor o igual que la suya.
Lo que quiero señalar es que este escándalo ha revelado la peligrosa ignorancia que muchos católicos y no católicos tienen no solo de sus religiones en particular, sino de la naturaleza del mismo Dios.
Lo primero es problema de menor cuantía pues las religiones son obras del intelecto humano y, por lo tanto, imperfectas y evolucionantes. Lo segundo es mucho más serio.
En días pasados oí a dos señoras vociferar contra el arzobispo Arrieta Villalobos, cuando recogía a mis hijos menores a la salida de la escuela. Esas personas le discutían a un tercer padre de familia que la acción de monseñor Arrieta era más que equivocada pues, al retirar al director-propietario de Radio María, no habría entonces "...santísimo, ni oración". ¡Sí, así como suena! El becerro de oro está vigente en la Costa Rica del siglo XXI.
Aunque no hago práctica litúrgica, sí tengo una realidad de vivencia: pertenezco al inmenso grupo de seres humanos que tomó la opción de creer en la existencia de Dios, parte del libre albedrío del ser humano.
Conversaba un día de estos con uno de mis profesores universitarios de hace años, quien se declara ateo, pero con quien coincidí en que lo inapropiado es fomentar creencias heréticas, por individuos que llegan a creerse iguales al Dios que dicen adorar.
El relato bíblico del encuentro de Dios con Moisés es posiblemente una de las mejores maneras de definir su existencia. En hebreo, esto puede concentrarse en una oración de solo dos palabras: " Ani ani ", "yo soy yo", o "yo soy el que soy". Esta definición que la Biblia dice que Dios hace de sí mismo implica una condición de existencia absoluta, que no está condicionada a nada. Puede decirse, de manera más simple, que la existencia de la divinidad no depende de ninguna práctica religiosa. Clérigos y seglares nunca deben olvidar esto.
El actual mundo posmoderno ha creado un estado general de zozobra, que para muchos implica la necesidad de tener imágenes físicas o ideológicas de un dios, sin reparar en la realidad que para el creyente significa esa comunicación constante que el Creador tiene con todos, a través del mecanismo de la conciencia humana.
(*) Catedrático