Tal vez es risible pensar que hay gente que la ha "palmado" noches y madrugadas enteras haciendo cola solo para adquirir las entradas de Episodio 1: La amenaza del fantasma, la continuación y a la vez primera parte de La guerra de las galaxias, que se estrena mañana en Estados Unidos, pero, de todos modos, me hace recordar la excitación con la que yo mismo y mi generación participamos hace 22 años del nacimiento de la saga. Si bien éramos ya muy "rocos" como para jugar con espaditas de láser de plástico y disfrazarnos con la máscara de terror de Darth Vader, las referencias cotidianas al mundo de ficción se volvieron un rito más de la adolescencia. En vez de decir "tuanis, mae", susurrar "que la fuerza te acompañe" se convirtió en un código. Claro, era un tiempo en que aún había buenos y malos y poseer o no La Fuerza era Doña Toda, sobre todo cuando uno tiene 15 años.
Aquella mitología de imperios y planetas, de caballeros y batallas, de magos y saberes ocultos era algo que enlazaba bien con las leyendas de siempre y con las imágenes que nos formaron como televidentes: esas que ahora se llaman "series de culto", como Perdidos en el espacio -por favor, no su atrofiada secuela fílmica-, Viaje a las estrellas y Batman -salvado por las películas de Tim Burton-. Además, La guerra de las galaxias me recordaba las novelas fabulosas de Isaac Asimov y las fábulas de El señor de los anillos.
Ahora, cuando George Lucas ha reclamado violentamente la paternidad sobre su asombroso engendro de celuloide, me asalta un sentimiento contradictorio entre la expectación y la acusación por herejía. La curiosidad me carcome y a la vez la tentación de gritarle -remedando a Manuel Vicent-: "Gringo, quitá tus sucias manos sobre MI película". Porque, claro, La guerra de las galaxias, las comedias de Woody Allen y unos pocos íconos más -todo Fellini, por ejemplo- son "mi película".
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