
Los kurdos, repartidos en los territorios de Turquía, Siria, Irán e Irak -principalmente-, son uno de esos pueblos que parecen estar predestinados a sufrir persecución y discriminación por siempre. Sus aspiraciones secesionistas, o al menos de autonomía, han sido ahogadas mediante el uso de la fuerza bruta, sin la menor contemplación por parte de los gobiernos de esos países.
Todavía están frescas aquellas imágenes dantescas de hombres, mujeres y niños del Kurdistán iraquí, asfixiados tras ataques con armas químicas por el dictador Sadam Husein. Ocurrió en 1988.
Pero la desgracia para los kurdos no se circunscribe únicamente a ese país. Las divisiones políticas entre ellos son aprovechadas por los gobiernos centrales para manipular y alentar las pugnas.
Tras la Guerra del Golfo, Estados Unidos y sus aliados establecieron una zona de exclusión aérea, en el norte de Irak, para proteger a esa población. Por principio, toda medida dirigida a evitar el maltrato étnico merece el aplauso.
Pero, si genuinamente existe tal voluntad por parte de la comunidad internacional, la disposición debe ser general. De lo contrario, hay razones para sospechar de hipocresía u oportunismo -o ambas-. Turquía no es menos agresora e inmisericorde con ese pueblo que Irak.
En marzo de 1995, Ankara lanzó una ofensiva con 35.000 soldados que penetraron en el norte iraquí para castigar los bastiones del Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PTK), que libra una lucha armada por la emancipación.
Sin embargo, a diferencia de la respuesta dada a Bagdad, la reacción de Occidente en esa ocasión no pasó de tibias condenas.
¿Por qué? Turquía es su socio en la OTAN. Además, el problema kurdo en Irak también le puede reportar dividendos electorales a Clinton.
El ganso, por lo visto, recibe una salsa distinta a la de la gansa.