Con gran interés leí la entrevista que Aurelia Dobles le hizo a Jorge Jiménez Deredia, publicada el 25 de marzo por el suplemento Áncora de La Nación . Fue muy estimulante conocer los detalles de la vida del escultor que ahí se revelan: los primeros años de su vida, sus correrías infantiles en la ciudad de Heredia, el encuentro con su vocación y las vicisitudes de su iniciación en el difícil arte que lo ha elevado a cimas pocas veces logradas por un costarricense
De particular interés resulta lo consignado en el relato periodístico sobre el encuentro de Jorge con el trabajo de Juan Rafael Chacón; en especial el deslumbramiento que significó para él la realización de la efigie de Clorito Picado. También me resultó muy emocionante enterarme del significado que para Jorge tuvo el generoso apoyo recibido del ilustre costarricense Arnoldo Herrera a quien tanto admiré y con cuya amistad me sentí siempre muy honrado, creador de esa cantera de artistas que es el Conservatorio Castella. No es extraño un gesto como ése para quienes tuvimos ocasión de conocer el espíritu generoso y altruista de don Arnoldo, quien supo inculcar en los corazones de sus pupilos los mismos sentimientos.
Natural humildad. La fama y los honores no le han restado a Jorge la natural humildad que caracteriza su trato con los demás. La gloria no le ha disminuido ni un ápice su gran amor por Costa Rica, ese amor que lo ha llevado a dejar su huella en el Museo del Niño, en Palmar Sur, en la Catedral de Limón y, en un futuro próximo, en el Museo de Arte Costarricense.
Está siempre fresca en mi memoria aquella ocasión en que Maritza Castro nos presentó y que fue el inicio de una amistad que mucho me honra, como me honra poseer una de las esculturas de este gran artista.
Por encontrarme fuera del país, no pude asistir al estreno del documental Polvo de estrellas, sobre la vida y la obra de Jorge Jiménez, exhibido en el Teatro Nacional el 27 del mes pasado. Mi hija Silvia me dijo que es excelente, como corrobora el comentario de Ignacio Santos, publicado en la sección Portada de la revista Teleguía, en su edición del 1° de abril.
De la niñez. Hay en el relato de la vida de Jorge Jiménez algunos pasajes que me recordaron mi propia niñez. Ciertamente, en la vida de los niños suele haber coincidencias debidas sobre todo a su falta de prejuicios y a la admiración que sienten por sus progenitores y sus mentores. Pero, como en el caso mío, también existen coincidencias que me han hecho evocar mis andanzas en esa embrujadora ciudad de Heredia. Siento, por eso, como propias algunas de las vivencias del escultor. Al igual que él, Heredia marcó para siempre mi vida y ha sido fuente de inspiración para mi conducta posterior. Como él, viví mis primeros años ahí, jugué al fútbol en sus plazas, fui al kinder del Colegio María Auxiliadora y cursé la primaria en la Escuela República Argentina.
Jorge, tu entrevista con Aurelia Dobles me reveló que tenemos en común un enorme cariño por la ciudad de Heredia. Esa admiración por la ciudad que te vio nacer y en la que diste tus primeros pasos como artista te llevó a agregar a tu primer apellido el apelativo "Deredia". Ese mismo sentimiento tuvieron algunos hombres famosos que quisieron honrar la ciudad que los vio nacer, como es el caso de Leonardo da Vinci, Antonello de Mesina, Rafael de Urbino, Erasmo de Rotterdam y otros cuyas vidas estuvieron estrechamente ligadas a sus ciudades de origen. Por eso, de un herediano a otro herediano, con respeto y admiración, ¿por qué no, más bien, Jorge Jiménez de Heredia?