Jesús de Nazaret trajo un evangelio para los seres humanos de todas las naciones. Creyó en la unidad, la igualdad y la dignidad de todo el género humano, y promovió un humanismo sin fronteras para todas las personas del mundo.
Su mensaje fue un manantial de ideas religiosas y sociales que influyeron en la historia en los últimos 2.000 años: amor al prójimo, servicio a los demás, inclusión de los excluidos, justicia, solidaridad y paz. También perdón, humildad y “no violencia”, para mencionar algunas.
Sin ser un pensador político y menos un político, Jesús terminó incidiendo profundamente en la historia de las ideas y de los regímenes políticos. Su revolución pacífica se produjo en el ámbito de lo teológico, de lo espiritual y desde allí repercutió hacia el conjunto de la vida social y política. En ese sentido, el Nazareno fue uno de los más relevantes precursores de las ideas democráticas que tanto valoramos hoy y que, por cierto, constituyen la más importante fuente de legitimidad de los regímenes políticos contemporáneos.
Papas y humanistas. De su manantial de ideas religiosas y sociales bebieron todos los papas, que desde León XIII en adelante ofrecieron a la humanidad las sabias encíclicas de la doctrina social de la Iglesia. Fue también la inspiración y la fuente de ideas y valores para grandes humanistas, como Erasmo de Rotterdam, Santo Tomás Moro, Francisco de Vitoria y los otros escritores democráticos de la Escuela Española del Derecho Natural. Como escribió Vitoria haciendo eco del mensaje de Jesús: “Todos los seres humanos tienen igual naturaleza y, por tanto, igual dignidad. De la comunidad mundial no puede excluirse a ninguna persona”.
Fue Jesús el maestro de estos humanistas y de muchos otros, algunos ubicados incluso más allá de los límites del cristianismo.
El siglo XX fue el más violento de la historia humana: dio a luz dos guerras mundiales y dos grandes totalitarismos, pero también fue un siglo de grandes voces humanistas, muchas de ellas influenciadas por el Mártir del Gólgota.
Triunfo del evangelio. El juicio injusto que le hicieron, su Calvario, flagelación y finalmente la crucifixión, constituyeron una escandalosa muestra viviente de la ausencia de humanismo y compasión que caracterizó a la sociedad de su tiempo. Fue un ejemplo de linchamiento e intolerancia que victimizó a Jesús hasta el paroxismo, y creó las condiciones emocionales para el triunfo de su evangelio en Europa y más allá.
Pero la víctima no se resistió ante sus perseguidores. No devolvió ojo por ojo ni mal por mal ni odio por odio. No combatió precisamente la violencia con violencia. Ni siquiera argumentó ante sus detractores. No insultó a quienes lo martirizaban.
En el clímax de la tortura, se comporta como un personaje manso, pacífico, no violento, que se deja apresar, flagelar y crucificar sin ofrecer resistencia. Hasta el final perdona a “los que no saben lo que hacen”.
Sin proponérselo, sus victimarios lograron el efecto contrario al que buscaban y en vez de erradicar la amenaza del “Rey de los Judìos” en el marco de su pequeño pueblo, terminaron convirtiéndolo en el líder universal de un humanismo sin fronteras.