Ese hijo de María y José, cuyo natalicio recordamos en estos días, fue sin duda un tipo incómodo. Llamaba la atención a todos, los que lo querían y los que no. Exigía reciprocidad y mutualidad: “Hagan por otros lo que les gustaría que ellos hagan por ustedes”. Criticaba a los acaudalados. Denunciaba la hipocresía. Decía que Dios era su Padre y que tenía una relación especial con Él. Y por esto se ponía como ejemplo o modelo a seguir. Lanzaba indirectas y también directas con sus “parábolas”. Hasta llegó a afirmar lo siguiente: “No crean que yo he venido a traer paz al mundo; no he venido a traer paz sino guerra. He venido a poner al hombre contra su padre, a la hija contra su madre y a la nuera contra su suegra; de modo que los enemigos de cada cual serán sus propios parientes”. En resumen, si viviera hoy en Costa Rica, sin duda alguna muchos lo calificarían como persona “conflictiva”, subversiva y peligrosa.
Laxitud espiritual. Entonces, cabe preguntar: ¿por qué lo admiran tantas personas?, ¿por qué le oran y lo veneran?, ¿por qué lo proclaman como su dios y dicen que ojalá vuelva algún día? Pienso que todo eso es de mentiritas. Saben que, si lo tuvieran cerca, Jesús estaría presionándolos constantemente a reconocer problemas, aceptar fallas y corregir errores. Esto es molestoso y sus posibles consecuencias en el más allá, sea como se entienda, causa temor. De manera que hacen y dicen todo aquello como precaución; es decir, “por si las moscas”. Pero, en el fondo, prefieren que ese hombre esté a buena distancia... allá “en el cielo”, a la derecha de su Padre. Así, pueden manejar su imagen a gusto: cada uno hace lo que quiere, sin estorbos; y, cuando los efectos se vuelven insostenibles, la invocan a control remoto para obtener alivio y consolación; luego, se cambia de canal, volviendo a los programas acostumbrados. “Quien peca y reza empata”, dice el refrán de esta complaciente cultura latina, con que nos mantenemos en laxitud espiritual.
Autocrítica y crítica. El psicólogo social Erich Fromm decía que ese subdesarrollo del alma solo puede ser superado mediante autocrítica de cada uno y crítica entre todos: “Por supuesto, si la gente fuera de verdad cristiana, como profesa ser, no tendría dificultad en mantener esa actitud porque la crítica de patrones y prácticas de comportamiento era ciertamente característica de Jesús. Esta inclinación también la tenía Sócrates. Así eran los profetas y muchas de las personas a quienes se rinde culto en una forma u otra. Solo conviene elogiarlos después de que han muerto por tiempo suficientemente largo, es decir, cuando están adecuadamente y seguramente muertos” (El Dogma de Cristo y otros Ensayos, Capítulo 5).
De sus manos, amigas y amigos lectores, pregunto: ¿cuál es, para nosotros, el verdadero motivo de regocijo en esta parte del año?, ¿el cumpleaños de ese Jesús crítico y conflictivo, o las diversiones de asueto con el frenesí de compras a que nos inducen los comerciantes?