Desde que tomó el poder en Irán, en 1979, el fundamentalismo musulmán se convirtió en una fuerza desestabilizadora de Levante. Las proclamas incendiarias del ayatollah Jomeini, líder supremo de la Revolución Islámica, prometían acabar con el orden imperante en la zona. Y, de las palabras, la teocracia persa pasó a los hechos mediante la incitación y respaldo al terrorismo. El temor a Jomeini se ahondó durante la siguiente década y atrajo el apoyo mayoritario a Irak en la guerra desatada por Sadam Husein para apoderarse de territorios iraníes. La Guerra del Golfo, provocada también por Irak en 1990, consolidó una alianza de las monarquías con los regímenes laicos del área, centrada en el liderazgo estratégico de Estados Unidos que, a la vez, aisló más a Irán.
El ascenso al poder de nuevos actores en Teherán marcó, en años recientes, cambios en el enfoque iraní. Por una parte, el respaldo al terrorismo integrista aumentó, especialmente en Egipto, Argelia, Líbano y Cisjordania. Asimismo, Sudán se consolidó como satélite de Irán. Al mismo tiempo, Teherán procuró romper el cerco norteamericano a través de tratos comerciales con los países europeos y la reanudación de los vínculos con Siria. La apertura táctica se intensificó a raíz de la elección, este año, del clérigo moderado Mohamed Jatamí a la presidencia del país, posición eminentemente formal y subordinada al mando omnímodo del líder máximo y sucesor de Jomeini, el ayatollah Alí Jamenei.
Conforme a esa línea externa, Teherán obtuvo la designación como sede de la VIII Cumbre de la Organización de la Conferencia Islámica (OCI), la cual agrupa a un conjunto heterogéneo de 55 países musulmanes. Dicho evento, clausurado el jueves último, permitió constatar no solo la actual jerarquía persa sino, además, la dinámica de alianzas desarrollada en Levante desde que concluyó la Guerra del Golfo en 1991.
En el ámbito interno, la inauguración de la Cumbre estuvo a cargo, no del presidente Jatamí, como protocolariamente correspondía, sino del jefe absoluto de la teocracia, el ayatollah Jamenei. Su mensaje reiteró las usuales consignas antioccidentales y, de nuevo, dejó manifiesta la naturaleza rígida y los derroteros mesiánicos del gobierno revolucionario. Con este marco, Jatamí se limitó a esbozar cierta flexibilidad al recomendar tolerancia frente a los aspectos positivos de la cultura occidental, sin detallarlos. El pronunciamiento final tampoco guardó sorpresas: condenas contra Estados Unidos e Israel e incluso el "terrorismo" que, según lo define Teherán, excluye las acciones violentas de sus acólitos.
Sin embargo, el principal aspecto de la reunión fue la nómina de asistentes y los acercamientos observados entre ellos. Significativa fue la participación del vicepresidente iraquí y su ministro de Relaciones Exteriores, así como de los gobernantes de Egipto -blanco del terrorismo islámico-, Siria -viejo enemigo de Sadam Husein- y miembros de la monarquía saudita, en la mira de Teherán junto con Turquía, cuyo mandatario también arribó.
Los encuentros privados entre los representantes de Irán e Irak, así como de estos últimos con el dictador sirio, confirmaron la preocupante alianza en ciernes de los tres regímenes radicales. Pero, sobre todo, quedó en evidencia el deshielo en las relaciones regionales de Irán, giro que pone en entredicho la política estadounidense en esa vital zona y exige previsión en el Oeste.