La Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) reforzó en los últimos días su presencia militar en la conflictiva provincia serbia de Kósovo, tras los choques de esta semana entre la minoría serbia y la mayoría albanesa. El presidente francés, Jacques Chirac, envió 400 soldados a Kósovo. Las autoridades francesas elevan a casi 3.000 los soldados desplegados en el marco de la fuerza internacional de paz de Kósovo (KFOR), cuyas filas registraron al menos 61 lesionados, tres de ellos muy graves, en los recientes enfrentamientos en esa convulsa provincia.
Por su lado, Alemania acordó enviar 600 soldados a partir de ayer, según informó el ministro de Defensa, Peter Struck. Con ello, se elevará a 3.800 las tropas de ese país europeo en esa región. El parlamento alemán fijó un tope de 8.500 militares en esa provincia serbia, administrada desde 1999 por la ONU, luego de una operación de la OTAN contra la entonces Federación Yugoslava para poner fin a la limpieza étnica, practicada por los serbios. Austria también decidió sumar otros 90 soldados a los 500 ya acantonados en la zona, según lo anunciado por el ministro de Defensa, Gother Platter, quien declaró: la tranquilidad ante “la puerta de nuestra casa debe ser prioritaria en la política de seguridad” nacional. De igual forma, Italia envió 61 carabineros a Prístina, la capital kosovar, y a 130 paracaidistas, quienes se unen a otros 70 militares que volaron anteayer a esa región.
La situación es complicada y no solo la OTAN, sino también la ONU y la comunidad internacional deberían actuar con rapidez. Los campos de la KFOR preparados para albergar a los serbios están abarrotados. Los que no han encontrado refugio han decidido huir. El comandante de la OTAN para el sur de Europa, el almirante Gregory Jonson, ha calificado de “limpieza étnica” la violencia que sacude Kósovo, apenas cinco años después del final de la cruenta guerra que costó la vida a decenas de miles de personas. Ahora los papeles se invierten. La violencia registrada desde el miércoles, protagonizada por albaneses, contra enclaves serbios ha desechado la idea de un Kósovo multiétnico y ha puesto de manifiesto más que nunca la necesidad de abordar el problema desde un nuevo enfoque. Aún más tajante ha sido la declaración del ministro serbio y montenegrino de Derechos Humanos, Rasim Ljajic, quien el jueves aseguró que esa idea estaba “definitivamente enterrada” y “pertenecía a los archivos”.
La violencia, que hasta hoy ha causado 28 muertos y más de 600 heridos, además de la destrucción de 16 iglesias ortodoxas serbias y 110 viviendas serbias quemadas, bloqueó por completo las negociaciones entre serbios y albaneses, que acababan de reanudarse, hace cinco meses, en Viena. Hasta entonces, las dos partes no habían vuelto a hablar directamente desde el fin del conflicto en junio de 1999. La idea de un Kósovo compartido quedó “herida de muerte por el hecho de que la violencia se produjo en lugares teóricamente multiétnicos” según lo manifestó Predrag Simic, exconsejero del primer ministro serbio, Vojislav Kostunica. Esas localidades, como Prizren, en el suroeste de Kósovo, o algunas del centro de la provincia, fueron objeto de limpieza étnica y los serbios se mantuvieron únicamente allí donde son compactos y mayoritarios. Los responsables serbios rechazaron de plano la reivindicación independentista de la mayoría de los albaneses de Kósovo, que representan un 95% de los dos millones de habitantes.
Es una lástima que los logros alcanzados en Kósovo, a partir de 1999, se hayan visto menoscabados y se haya retrocedido al impensable escenario de la limpieza étnica hoy practicada por las víctimas de antaño. La comunidad internacional enfrenta muchos enemigos al mismo tiempo. Por un lado, el fantasma del terrorismo, al que no se le puede dar tregua, y menos bajar la guardia o aceptar chantajes políticos. El futuro de las democracias depende de una posición decidida y firme en ese sentido. Por el otro lado, el fantasma del genocidio y la violencia intraétnica, otra aberración contra el ser humano, los derechos fundamentales, y la convivencia pacífica del planeta. A estos problemas inmediatos se agregan otros desafíos que están poniendo a prueba la fortaleza de las naciones democráticas y que solo se pueden vencer con la unidad, la cooperación y la lealtad interestatal y con los organismos internacionales.