Richard N. Haass. 9 septiembre, 2019

NUEVA YORK– La palabra inclinación tiene historia en el sur de Asia. Hace casi medio siglo, el gobierno de Pakistán reprimió brutalmente a sus ciudadanos en la parte oriental del país. Se desató un flujo de millones de refugiados hacia la India; esta movilizó sus fuerzas armadas. Pakistán atacó y la India respondió. Siguió una guerra total. Cuando se asentó la polvareda, Pakistán quedó desmembrado y la parte oriental se convirtió en un país independiente: Bangladés.

El gobierno estadounidense observó el desarrollo de estos hechos con preocupación. Nadie se tomaba en serio la supuesta no alineación de la India. El presidente Richard Nixon y el asesor de seguridad nacional Henry Kissinger juzgaron que una victoria para la India beneficiaría a la Unión Soviética. Además, el conflicto del sur de Asia se produjo justo cuando Estados Unidos (con ayuda de Pakistán) intentaba establecer relaciones con la República Popular China. Nixon y Kissinger temían que China estuviera menos interesada si Estados Unidos se mostraba reacio a hacerle frente a la India, un país con respaldo soviético, con el cual China había librado una guerra una década antes.

Se necesita una estrategia para resistir en el lugar (no para irse de él) basada en las condiciones locales (no en los calendarios políticos).

Estados Unidos envió un portaaviones a la bahía de Bengala, supuestamente para disuadir futuras acciones militares indias (y en realidad, más como una señal de apoyo a Pakistán). La exhibición de fuerza no cambió la trayectoria de la crisis, pero la inclinación estadounidense hacia Pakistán (un término que llegó a los diarios) tendría mala fama en la India por mucho tiempo.

Después de la guerra de 1971, Estados Unidos siguió favoreciendo a Pakistán, el cual fue un socio importante en el intento de hacerle más costosa a la Unión Soviética la ocupación de Afganistán y colaboró con los estadounidenses en la provisión de armas a la oposición afgana local. Pero con el fin de la presencia militar soviética en Afganistán en febrero de 1989 (y el fin de la Guerra Fría unos meses después), Estados Unidos decidió reconsiderar su postura hacia la India y Pakistán.

Sucesivos presidentes estadounidenses trataron de mejorar vínculos con la India, debido a su economía en alza, su sólida democracia y la creciente importancia de la comunidad india en Estados Unidos. Más cerca en el tiempo, algunos han comenzado a pensar en la India como un socio potencial para hacer contrapeso al ascenso de China. Al mismo tiempo, las relaciones de Estados Unidos con Pakistán se deterioraron, al principio por el programa nuclear pakistaní, pero después de los atentados terroristas del 11 de setiembre del 2001, también por los lazos del país con los talibanes y otros extremistas.

Ahora la pregunta es si Washington estará cambiando de idea otra vez y considerando la posibilidad de otra inclinación. Tras casi dos décadas de sacrificios, Estados Unidos está buscando un modo de salir de Afganistán, y a Pakistán (que ofreció refugio a los talibanes) se le considera fundamental para que Estados Unidos pueda retirar sus tropas sin permitir a los talibanes derribar el gobierno afgano. Al mismo tiempo, hay en Estados Unidos malestar por las políticas comerciales de la India.

La nueva inclinación se manifestó hace unas semanas cuando el primer ministro pakistaní, Imran Khan, visitó la Casa Blanca. El presidente estadounidense, Donald Trump, sorprendió a todos declarando que el primer ministro indio, Narendra Modi, le había pedido mediar en la disputa por Cachemira, la cuestión más delicada que divide a la India y Pakistán desde la partición e independencia en 1947.

Semejante pedido de parte de la India representaría un cambio fundamental en su política. El gobierno indio se apresuró a desmentirlo y, enseguida, anunció planes de quitarle buena parte de su autonomía a esa región, mayoritariamente musulmana. Existe la posibilidad de que la respuesta de Pakistán sea renovar su apoyo al terrorismo, lo cual puede generar otra guerra entre Pakistán y la India, ambos provistos de armas nucleares.

En este contexto, sería una imprudencia que Estados Unidos acuda otra vez a Pakistán en busca de un socio estratégico. Pakistán considera que un gobierno amigo en Kabul es vital para su seguridad y para la competencia con su archirrival, la India. Hay pocos motivos para creer que el Ejército y los servicios de inteligencia, que siguen mandando en Pakistán, frenarán a los talibanes o descartarán el terrorismo.

Sería igualmente imprudente que Estados Unidos aleje a la India. Es verdad que este país tiene una tradición de políticas comerciales proteccionistas, y suele ser motivo de frustración para los funcionarios estadounidenses por su renuencia a brindar una cooperación plena en cuestiones estratégicas. Pero la democrática India, que pronto superará a China como país más poblado y será la quinta economía del mundo, es una buena apuesta a largo plazo. Es un socio natural para ayudar a contrarrestar a China. La India se negó a participar en la Iniciativa de la Franja y la Ruta china, mientras que Pakistán, que tiene dificultades económicas, la aceptó.

También sería imprudente que Estados Unidos se vaya demasiado pronto de Afganistán. Las conversaciones de paz con los talibanes parecen más que nada una forma de sacar las fuerzas estadounidenses del país. El proceso tiene semejanzas con Vietnam, donde un acuerdo de 1973 entre Estados Unidos y Vietnam del Norte sirvió de pretexto para la retirada estadounidense del sur, pero no como base para la paz. La idea de un gobierno de coalición, con un reparto del poder entre el gobierno actual y los talibanes, es optimista, en el mejor de los casos, y fantasiosa, en el peor.

En vez de darse a fantasías, Estados Unidos debe seguir manteniendo una pequeña cantidad de tropas en Afganistán para asegurar que el gobierno sobreviva y que el país no vuelva a convertirse en refugio de terroristas. Se necesita una estrategia para resistir en el lugar (no para irse de él) basada en las condiciones locales (no en los calendarios políticos). Como siempre, el sur de Asia es, en el mejor de los casos, una región para manejar, no un problema para resolver.

Richard N. Haass: es presidente del Consejo de Relaciones Exteriores y autor de “A World in Disarray”.

© Project Syndicate 1995–2019