Algunas afirmaciones desde la altura de la prensa me impulsaron a escribir este comentario pues se han esgrimido argumentos equivocados al criticarse el fallo absolutorio en el desenlace del caso criminal de 0. J. Simpson. El llamado juicio de la historia no terminó en frustración. Al contrario y contra vientos y mareas y todas las predicciones, se salvaron principios inconmovibles que allá, en la convulsa ciudad de Los Angeles --donde blancos, negros, latinos, chicanos, sudecas y gringos se afanan por algún día convivir en paz--, constituyen un valiente y saludable precedente.
Hay afirmaciones jurídicas que desconciertan. Aclaro: el veredicto no se ubicó en una zona intermedia entre la absolución y la condena, y ese concepto implica un desconocimiento total del Derecho Penal y sus fines. En esencia nos enfrentamos con dos idiomas muy distintos --inglés y español--, uno preciso y práctico, y el otro grandilocuente y altisonante. Además las causas criminales tienen por objetivo primordial el castigar o, al otro extremo, y retuerzo el idioma para que la idea sea clara, no castigar. En inglés la expresión usual es "not guilty" --no se tiene por culpable--. En español se usa en estrados judiciales una larga y ampulosa oración que, en el fondo, implica lo mismo que en inglés: "Se absuelve de toda pena y responsabilidad a..." Hay que pulir al final este concepto, recalcando que la justicia no perdió, sino que ganó muchísimo con este fallo.
Me hace mucha gracia oír que O. J. Simpson fue exculpado por cuanto el elemento racial pesó mucho en el juicio, toda vez que se designó una mayoría de nueve personas negras en el jurado. Ayer un amigo mío de origen alemán --blanco como la leche descremada-- cuestionaba esa integración y, al preguntarle yo si él permitiría ser juzgado por el asesinato de una mujer de color mediante un jurado con mayoría negra, me respondió airado que eso jamás lo aceptaría e insistiría en que el jurado tuviera mayoría aria. "¡Eso mismo pensó Simpson!", le repliqué. ¡Pero al revés en el color! El aspecto amargo consiste en desmerecer el fallo por ser producto de ese jurado con gente de color, y se denota un ingrediente racista al creer que los negros --por el simple hecho de serlo-- son incapaces de juzgar a otro negro, pero los cara-pálida sí tenemos atributos para absolver o condenar a negros, amarillos, pelirrojos y blancos. Esa integración ahora cuestionada con equívoco fue el cabal desenvolvimiento de un principio centenario consagrado en la Carta Magna inglesa: los pares se juzgan entre pares. En un territorio con desafortunados problemas raciales, debemos elogiar la también salomónica circunstancia aceptada de juzgar a un negro famoso por el crimen de una mujer blanca, mediante jurado con mayoría de mujeres, pero bien negras. En nuestro pequeño ambiente costarricense --verbigracia--, mi defensa nunca permitiría que me enjuiciara la junta directiva del Colegio de Periodistas.
Los juicios incitan a la espectacularidad y al despliegue publicitario si versan sobre casos famosos. Otra vez en nuestra estrechez, la reciente causa contra un aspirante a la presidencia de la República tuvo transmisión directa por televisión y radio, lo que aplaudo. Y en cuanto al costo millonario, los millones de la Fiscalía más que duplicaron a los de la defensa. ¿Quién mató a Nicole y a Ronald? Si oficialmente la pregunta sigue sin respuesta, será el detective que manipuló las pruebas quien deberá ser cuestionado. Insisto en que la justicia no perdió, sino que brilla alentadoramente. La insinuación de que, por agredir físicamente a su exesposa, O. J. Simpson es culpable del asesinato, no constituye prueba fidedigna. El marido belicoso que maltrata a la cónyuge no es proclive al homicidio. A la inversa, desde los inicios del siglo XVII --en 1622, seis años después de haber fallecido William Shakespeare-- sabemos que el Moro de Venecia era un hombre vacilante e introvertido, cariñoso y locamente enamorado de su dulce mujer. Desdémona debe entonces cuidarse de las almohadas y los pañuelos de fino encaje blanco si el marido es tímido, gentil y amoroso. El garañón de los potreros nunca mata, sólo fornica. Joaquín Sabina lo cantó después en este siglo: "El asesino sabe más de amores que el poeta..."
Lo crucial: los tribunales humanos --aquí y en las tierras estadounidenses o Inglaterra o Francia-- nunca pueden declarar a un hombre "inocente" pues esa sentencia escapa a su menester. Desde los tiempos latinos --in dubio pro reo-- únicamente se puede condenar cuando la culpabilidad está acreditada, "..más allá de toda duda razonable", según jurisprudencia de nuestra estupenda Sala Constitucional, también acorde con esos principios universales. Pero entre los hombres simplemente nos declaramos o "culpables" o "no culpables", para usar la expresión errada pero diáfana, mas nunca "inocente", concepto este ajeno al Derecho Penal. Ni el sacerdote en el silencio y la penumbra del confesionario imprime sello de "inocencia": nada más absuelve, si hay espíritu de enmienda, e impone penitencia. Dios --creador del ser humano, según su voluntad libre de pecar y responsable por sus actos-- no le otorgó la potestad de convertir en inocentes a los pecadores y mucho menos a los simples jueces. No veo el motivo de criticar a la Corte Criminal de Los Angeles por una sentencia memorable y espléndida --"not guilty"--, ceñida a los mejores principios judeo-cristianos de la civilización occidental.