La educación por muchos años se ha preocupado por enseñar a los niños y jóvenes las reglas y normas necesarias para la supervivencia del sistema formal educativo y del sistema familiar. Se practican técnicas heredadas de generación en generación, desde una "chilillada", como decían de antes, hasta asustar a los niños con cuentos como La Llorona, La Tule Vieja o La Cegua, y, según la historia, las demandas se cumplían, a pesar del costo emocional implicado.
El tiempo ha pasado, cambiando la forma y fondo de las actuales familias, que siguen inventando y descubriendo técnicas que favorecen el orden de las estructuras de interacción. Algunos padres disparan discursos sobre lo difícil que fue su infancia, con la idea de generar culpa y asegurarse la obediencia, sin derecho a ser cuestionada. Otros, tratando de olvidar las privaciones o carencias pasadas, dan todo a los niños sin límite, ni reparar en cuánto puede enseñar el hecho de darles un mundo sin dificultad, sin pasar por estadíos necesarios como la experimentación, error y rectificación, para superar los modelos establecidos y crear mejor convivencia.
Otros plantean la súplica a los niños en medio de transacciones: "si te portas bien, te llevo a pasear, o te compro lo que quieras&...;", lo que lleva al niño a sentirse inseguro para el resto de sus acciones, pues es el adulto quien guía, no el niño en un constante ensayo por error, que enseña a mamá y papá lo que conviene.
Mejor jugar. Cada familia en su más íntima lucha por controlar a los niños ingenia, inventa y establece sus formas. Sin embargo, lo que en verdad se olvida es la capacidad de infantilizar. Si los adultos nos diéramos tiempo para jugar más con los hijos, para conocerlos en su momento histórico y hablar menos del estrés actual, de lo caro de los cuadernos y los estudios; si les dejamos de pedir que se porten bien solo para tranquilidad de los padres y que saquen buenas notas solo por el bien familiar y de las vacaciones, nos aseguramos que estamos formando seres humanos y no autómatas perfectos, pequeños engranajes de la globalización.
No se puede olvidar que poseemos la capacidad de aprender si está conectada con el afecto, y sobre todo si cuenta con modelos de autoridad y admiración que motiven lo suficiente como para obedecer sin resistencia, sin berrinches y sin miedo.
(*) Psicóloga