Hace casi un siglo Max Weber, uno de los más grandes sociólogos de la historia, publicó una provocadora investigación sobre las consecuencias económicas de las creencias religiosas. El libro se llamó La ética protestante y el espíritu del capitalismo, y partía de una supuesta evidencia empírica: el mayor éxito económico obtenido por las comunidades protestantes cuando se contrastaban con las católicas de cierta región del norte de Europa occidental. ¿Por qué esa diferencia? Para el sociólogo alemán el verdadero "espíritu del capitalismo" no estaba, como suponían sus adversarios, en la codicia, ni en la especulación, ni en el aventurerismo, sino en la sobriedad ascética de ciertas personas capaces de posponer el goce de los bienes presentes por la satisfacción emocional que produce el cumplir con la vocación de trabajar. Para ellos el trabajo no es el medio de alcanzar las riquezas, sino un fin en sí mismo, una misión cargada de un fuerte componente ético.
Según Weber, ese "espíritu capitalista" casaba admirablemente con la visión del alma humana propuesta por los protestantes, y muy especialmente por la severa secta calvinista, tan desapegada de la sensualidad y del disfrute de bienes y placeres materiales, y tan sujeta a una estricta disciplina interior. De la misma manera que el innovador capitalista moderno veía en el trabajo una suerte de autorrealización emocional, el protestante estaba persuadido de que por el trabajo duro, serio y responsable, por el deber cumplido honradamente y de acuerdo con la ley, se llegaba a Dios humilde y serenamente. En todo caso, fuera o no exacta la explicación del fenómeno, la información estadística, aunque puesta en duda por otros investigadores escépticos, parecía darle la razón a Weber.
Duradera polémica. El libro, cuya primera edición alemana data de 1905, generó una polémica que dura hasta nuestros días, y que a veces embarcó en la misma nave a los más disímiles detractores de Weber. Algunos pensadores católicos refutaron la tesis con valiosos ejemplos históricos: ¿cómo negarles la posesión de un verdadero "espíritu capitalista" a los industriosos católicos del norte de Italia o a los igualmente laboriosos y católicos catalanes y vascos? El problema podía estar en la cultura, pero no en el matiz del cristianismo que servía de basamento religioso a las personas. Los marxistas, por su parte, raigalmente anticulturalistas, debilitados por esa especie de anorexia intelectual que siempre afecta los razonamientos de su tribu, tampoco aceptaban los planteamientos de Weber: las diferencias en el desempeño económico surgían -tenían que surgir- del régimen de propiedad y de las relaciones económicas entre las distintas clases sociales, y nunca -afirmaban- de las supersticiones de carácter metafísico.
A lo que voy: este debate, uno de los más ricos de la centuria que termina, acaba de reanimarse como consecuencia de un impresionante fenómeno que está sucediendo en América Latina, donde el protestantismo, fundamentalmente las "denominaciones" evangélicas, conquistan diariamente a millares de fieles que abandonan el catolicismo, la arreligiosidad o el ateísmo, para sumarse al llamado de los nuevos pastores de almas. Y, aunque todavía no hay investigaciones de fondo que lo confirmen, los signos externos indican el exitoso desempeño económico de estos neoprotestantes al poco tiempo de abrazar la nueva fe.
La observación me le hizo Estuardo Zapeta, un brillante indígena guatemalteco, profesor de sociología de la Universidad Francisco Marroquín: comienza a ser muy notable la diferencia de los niveles de prosperidad entre los indígenas mayas cachikeles vinculados al protestantismo y los que permanecen en el ámbito de la fe católica. ¿Por qué? Porque la estricta ética de los evangélicos, donde se prohiben la bebida y el adulterio, tiene dos consecuencias económicas inmediatas: aumenta considerablemente la capacidad de ahorro de los abstemios -el alcoholismo es un problema serio entre los indígenas-, y el núcleo familiar tiende a mantenerse unido. Como, por otra parte, para los evangélicos el control de la natalidad por medios artificiales no presenta obstáculos de carácter moral, esas familias tienden a ser menores. Si a estos aspectos se le suma el hecho de que esas iglesias funcionan, además, como círculos de apoyo mutuo, es fácil comprender que quien participa en ellas puede beneficiarse grandemente. Para eso, para la solidaridad, también están los "hermanos de la fe".
Extraordinaria paradoja. Pero hay más: la sobriedad, el apego a la ley y el temor a Dios que caracterizan a muchos de los conversos al protestantismo, especialmente en la primera y contundente fase del descubrimiento de la emoción religiosa, no han pasado inadvertidos para los empresarios y empleadores, cualquiera que sea su fe religiosa. Si uno va a realizar una transacción comercial, o si va a ofrecer un empleo, prefiere que su interlocutor sea una persona guiada por una severa escala ética. Alguien que no roba o miente, o, cuando menos, alguien que si roba o miente padecerá un fuerte sentimiento de culpa. De donde surge la extraordinaria paradoja de que en muchas empresas cuyos dueños son católicos prefieren empleados evangélicos, o en muchos hogares católicos eligen a una sirvienta evangélica, especialmente si la misión es velar por los niños, pues de su ingenua piedad religiosa infieren que tendrá comportamientos responsables y esencialmente morales.
Para la Iglesia Católica el reto es formidable. La presencia de las "denominaciones" evangélicas en países como Guatemala, Honduras y Brasil, es enorme, y crece, fundamentalmente, en las capas pobres de la población, que ven en estas organizaciones religiosas un modo de vida material y espiritual que estructura sus vidas en una dirección positiva. En estos países, sin embargo, mientras una buena parte del clero continúa embarcada en la prédica confusa de la "Teología de la liberación", o de algún sucedáneo, son las clases dirigentes las que suelen permanecer dentro de la fe católica. Y lo peor que le pudiera ocurrir al catolicismo, es que quedara replegado a ser la religión de los poderosos, mientras los desvalidos encuentran consuelo y oportunidades en el protestantismo. Es el momento de desempolvar a Weber y proseguir con la discusión.
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