La radio y la televisión constituyen dos caminos que alejan la mente de actividades mucho más beneficiosas desde un punto de vista intelectual y cultural, como lo son la lectura o el asistir a un concierto o a una buena obra de teatro. Ello, sobre todo, si los programas televisivos lo constituyen telenovelas equiparables a la basura que desechan los seres humanos, o espectáculos de muchachas dando brincos que imitan pobremente la danza, o si consideran que permanecer en una casa hablando banalidades sea un asunto de vida o muerte, o si los anuncios radiales no se dicen, sino que se gritan, como hacen también cuando se produce un gol, como si todos los oyentes fueran retrasados mentales.
La Radio Universidad de Costa Rica es una excepción porque durante 18 horas nos brinda música clásica y todos los días nos presenta un “desayuno” de alto contenido intelectual. Precisamente en uno de esos desayunos tuve el placer de escuchar, como invitados, a la licenciada Ana Elena Badilla, especialista en derechos humanos, y al doctor Raimundo Riggioni, médico especializado en Ginecología, quienes discutieron y se opusieron a la solicitud de la Conferencia Episcopal para que el Gobierno elimine el decreto ejecutivo del gobierno anterior por medio del que se quitaron varias trabas, como el consentimiento del marido si era casada o del padre si era soltera, para que una mujer pudiera esterilizarse.
Poder de decisión. Siempre quedó el tamiz de una Consejería que estudia cada caso y brinda sus puntos de vista y sus consejos, pero, al final, la decisión es de la persona que considera necesario dar este paso. “La mujer –dijo el doctor Riggioni– debe tener el poder de decidir, no un médico y mucho menos un sacerdote”. Y se refirió también a “ese club cerrado y elitista” que es la Iglesia Católica, que maneja una fortuna de ¢20.000 millones, una parte de la cual invierte en la fabricación de cerveza y en un puesto de bolsa. Además, consideró que la derogatoria del decreto sería “volver a los tiempos de la caverna”.
La Conferencia Episcopal tuvo la osadía no solo de pedir que se derogue el beneficioso decreto, sino que envió ya redactado un nuevo decreto hasta con los nombres del doctor Abel Pacheco y el de la ministra de Salud, doctora María del Rosario Sáenz. En ese nuevo decreto se indica que ninguna esterilización “podrá ser justificada por razones sociales o económicas”. Y como, al mismo tiempo, las autoridades católicas no aceptan ningún método anticonceptivo, excepto el ritmo, de muy baja eficacia y confiabilidad, condenan a las parejas, sobre todo a las de niveles económicos bajos, a traer al mundo muchos hijos que no pueden mantener y criar adecuadamente. Además, según este nuevo y nefasto decreto que, espero, no sea nunca aceptado, solo existe una razón para permitir la esterilización y es que la paciente sufra de una enfermedad necesariamente mortal en sus órganos reproductores (en ninguna otra parte de su cuerpo), para la cual no exista ninguna otra posible cura.
Nada de aceptación mágica. Recuerdo las sabias palabras de la licenciada Yolanda Bertozzi, exdefensora de los derechos de la mujer: “El útero es parte del cuerpo de la mujer, tan suyo como lo son sus ojos, sus manos o sus pies... no es un recipiente vacío en el cual se deposite un espermatozoide el cual debe ser aceptado mágicamente por instinto maternal”.
Es lógico que la Iglesia Católica, entidad completamente machista, que ve a la mujer como un ser inferior incapaz de llegar a ocupar ningún puesto importante dentro de su jerarquía, no ya papisa o episcopisa, pero ni siquiera una simple sacerdotisa, no le dé a esta el derecho de decidir por sí sola lo que le conviene hacer con su cuerpo y con su vida. Considero que esta iglesia puede pregonar desde los púlpitos sus retrógradas ideas, pero no imponerlas a toda la población costarricense, que forman personas de varias denominaciones religiosas y, también, de muchos no creyentes. Guárdese para sí sus prejuicios, su obscurantismo, su horror a decir la verdad sobre el sexo y la reproducción, sus añoranzas de la Edad Media y los deseados tiempos de la “santa” Inquisición, y permita que las mujeres, que no son seres inferiores, decidan su destino.