Con inmensa pena, he sido testigo de la desorientación del curso de Humanidades en la Universidad de Costa Rica (UCR). Un curso tan necesario, cuyo supuesto fundamento es la formación humanista y el desarrollo de interés permanente por la cultura general, se ha convertido en fiesta de algunos docentes, en un espacio donde historia, filosofía y lenguaje pasaron a estar en segundo plano.
Es deber del educador en este curso mostrar las heterogéneas opiniones sobre temas y filosofías, dejando al estudiante la formación de opinión propia. Es inadmisible lo que ocurre hoy, cuando gran parte del personal docente maneja solo su versión de la historia y desecha cualquier otra. Por esta lógica absurda, la temática de las clases pasa de exposición de tendencias del pensamien- to humano a constante afirmación del profesor de que lo que él piensa es la realidad exacta, única e irrefutable.
Mi opinión es errónea por diferente. Se ha llevado a tal extremo la intolerancia que se imposibilita a muchos estudiantes expresar su forma de pensar sin que se catalogue como desacertada e inadmisible, solo por ser incompatible con la ideología de los profesores. Es en las universidades donde más se debería honrar la pluralidad de opiniones. Como dijo Rodrigo Facio: "Libre es, pues, la Universidad de Costa Rica, abierta a todas las tendencias, receptiva de todas las inquietudes filosóficas, científicas, o sociales; respetuosa de todas las ideas".
Grave daño. La politiquería se apoderó del curso. Es totalmente inaceptable y desagradable cómo algunos maestros tratan de convencer de manera vehemente a los alumnos para que apoyen a un determinado partido o líder político y para que descarten otros pues, al parecer, ellos tienen una sabiduría infinita que les permite decidir por los demás quién es el mejor para representar al pueblo. Lo peor es que, a veces, logran su insultante tarea de lavar cerebros ya que, después de la repetición incansable de sus opiniones (el curso es de 8 horas semanales por dos semestres consecutivos) algunos estudiantes las adoptan aduciendo que el vasto conoci- miento de los profesores los faculta a tener la razón en todos los sentidos. Atrás quedo el objetivo de la Escuela de Estudios Generales que planteaba que su función fundamental no es decir lo que hay que pensar sino inducir a pensar.
Solo queda aplaudir a los pocos profesores del curso que imparten lecciones con temática ajena a su opinión personal; recomendar a los que no lo hacen a que reflexionen el daño que pueden ocasionar a la formación crítica de los alumnos y expresar a mis compañeros estudiantes que no se dejen engañar por los discursos tergiversados de algunos profesores, que solo pretenden que su opinión sea forzosamente adoptada por todos.