Eran las 7:30 a. m. del 29 de julio de 1968, cuando el volcán Arenal despertó de un sueño apacible para sorprender a la población de sus faldas con una violenta erupción. El resultado: 78 víctimas, así como una extensa área devastada por las cenizas y rocas expulsadas desde tres nuevos cráteres. Esta erupción ha sido la peor catástrofe volcánica en la historia de Costa Rica, y aún hoy el Arenal no ha regresado a su sueño. Durante 35 años ha permanecido activo con explosiones de cenizas y rocas incandescentes, y lentas lenguas de lava que surgen también de su cráter para ir a descansar en las laderas. Estas rocas son, ni más ni menos, que las más jóvenes de Costa Rica. Adosado al otrora cono casi perfecto, se ha creado un nuevo cono, que hoy es más alto que el anterior, y cuyo perfil conjunto tiene un aspecto de mellizos.
Laboratorio natural. El espectáculo natural que ofrece el Arenal –uno de los diecisiete volcanes más activos del mundo– en erupción continua, es un imán que atrae a centenares de turistas que lo visitan a diario para robarle una foto, o tan siquiera un atisbo. Existen, empero, otros ojos que observan más que el espectáculo visual y que hurgan en los secretos más íntimos del volcán: se ha convertido en un laboratorio natural, donde los vulcanólogos han realizado notables avances en la investigación básica y aplicada en Costa Rica, y han logrado colocarlo dentro de los cien volcanes mejor conocidos del mundo. En los años 70, las condiciones hídricas que ofrecía la cuenca del río Arenal fueron aprovechadas para la construcción del complejo hidroeléctrico más extenso del país, lo que fue un catalizador que permitió el estudio geológico detallado del volcán. Hoy sabemos que es un joven edificio al menos con 7.000 años de historia, durante los cuales ha manifestado ser de un carácter inestable y peligroso. Las evidencias geológicas nos demuestran que al menos en 20 ocasiones ha producido erupciones mucho más grandes que la de su despertar en 1968. Varias veces, además, se ha dado la paradoja de construcción y destrucción que acompaña la vida de todo volcán, en la que grandes nubes de ceniza y gas que descienden por las faldas a gran temperatura y velocidad no dejan la mínima oportunidad a todo aquello que se encuentra a su paso.
Dios del Fuego. El Arenal ofrece la oportunidad de presenciar una de las manifestaciones más espectaculares del poderío de las fuerzas internas de la Tierra y que rigen –aunque muchos no lo acepten– la vida en el planeta. Los indios guatusos así lo sabían, al tener en el volcán la morada del Dios del Fuego. Un dios que varias veces castigó a los moradores que osaron pisar sus faldas. No estaban equivocados los indígenas en guardar respeto por él, mas hoy algunos lo desafían, pese a las advertencias, se aventuran y exponen sus vidas y las de otros congéneres.
En este 35.° aniversario, debemos honrar, además de las 78 víctimas de 1968, otras tres cobradas por el coloso y cerca de una decena más por accidentes aéreos. El tentador ambiente de la región de Arenal no solo seduce a los turistas, sino a los lugareños y aun a los científicos. Es el atractivo de un antagónico paisaje de vida y muerte, un triángulo de lucha eterna entre el fuego, el agua y el hombre, en busca de la armonía.