Con la frase: "Es en el arte donde la belleza encuentra su verdadera expresión", el pensador japonés Mokichi Okada, resumió su filosofía del arte y emuló todo aquello que representa lo mejor de la espiritualidad japonesa: un profundo respeto por la paz y la armonía. El pensamiento de Okada inspiró a la distinguida dama Mihoko Koyama, poseedora de una enorme colección de arte, a construir un museo para albergar sus tesoros, voluntad que supo heredar a su hija Hiroko Koyama. Pero lo notable de esta historia es la conjunción de factores insólitos que condujeron a la creación de esa obra extraordinaria en el mundo: el Museo Miho, cerca de Kioto. La señora Koyama logró contratar para la ejecución de los planos al célebre arquitecto chino Ioeth Ming Pei autor, entre otras realizaciones, del diseño de la Galería Nacional del Este en Washington (monumental edificación sin un solo ángulo recto) y de la controversial pirámide de cristal del Museo del Louvre en París.
Se decidió construir el Museo Miho en un bosque cercano de la vetusta ciudad de Kioto. Se le llama el Museo de la Montaña. Pero surgió entonces un problema aparentemente insalvable. Por fuertes legislaciones en la zona prevista, Pei no podría sobrepasar cierta área de bosque en la ejecución de su proyecto. El genial arquitecto lo resolvió construyendo el 80% de las edificaciones bajo tierra.
Paradisíaco jardín. De Kioto, la antigua capital del imperio, después de una hora en automóvil, se alcanza inopinadamente una zona de parqueo en medio de la fronda. Un pequeño vehículo eléctrico -expresamente para evitar la contaminación tanto sónica como de emisiones- se aproximó a recogerme. Se me condujo hacia la entrada de lo que parecía un extraño túnel en la roca. Penetramos la colina y la atravesamos como si de la traquea de una ballena se tratara. Era un misterioso semicírculo amortiguadamente iluminado que, siguiendo una curva diseñada para evitar descubrir su salida, finalmente me asomó a la inaudita desembocadura. Era inevitable evocar ahí la leyenda china de Shangri-la, o la recurrente historia del Jardín del Paraíso, o la novela de James Hilton, Horizontes perdidos. Estaba del otro lado de la montaña. El panorama era asombroso. De forma ovalada, el marco de salida del túnel se dilató para mostrarme un puente colgante de acero tensado por cables sobre un precipicio cubierto por un verde manto boscoso. En el extremo opuesto del fantástico puente se abría una terraza que me descubrió, a lo alto de una gradería, el injertado edificio del Museo Miho. La concepción arquitectónica de Pei revela su interpretación de la clásica arquitectura japonesa transformada mediante un concepto absolutamente contemporáneo.
En lo alto de la gradería, ante una gran puerta redonda de acero, una dama me esperaba. Era la señora Koyama. Amable y sonriente, me condujo por las salas del fabuloso museo con techos de cristal en la primera planta. Proseguimos por los pisos subterráneos prodigiosamente iluminados de la audaz arquitectura de Pei. La colección es suprema. Objetos del mundo antiguo han sido colocados mediante un espectacular despliegue de virtuosismo visual. Su belleza es de "un eterno presente". Arte sagrado de milenios de la historia humana. Egipto, Asia, el mundo islámico, el Este y el Oeste representados con piezas de inextinguible valor. Una pequeña pieza de cultura precolombina de Mesoamérica atrajo mi atención. Se trataba de una vasija de cerámica del territorio de Costa Rica. Comenzaba ahí, en ese instante, lo que se convertiría momentos más tarde, en una verdadera sacudida y más que profunda emoción.
Nuestro himno. Terminaba casi la visita a este paralelo de Shangri-la. Después de un almuerzo ligero que, sin apelación, se acompañó de té, la señora Koyama me invitó a salir a la terraza posterior del edificio. La vista quitaba el aliento. A mis pies continuaba sobre la copa de los árboles un paisaje ondulado que se perdía en el horizonte verdoso de tonos cambiantes. Como a unos dos kilómetros, asomándose por detrás de una colina, se recortaba la altiva cresta solemne del templo de oración. A la izquierda del templo, una esbelta torre de granito blanco de sesenta metros de altura, también diseñada por Pei, expandía su cúspide para ostentar un boquete donde colgaba un juego de campanas. Un carillón. Quedé absorto contemplando el panorama. La atmósfera estaba tan quieta como mi ánimo. La gran dama interrumpió el silencio: "Oiga, señor ministro". Como desde el espacio, atravesando el éter, hasta mis oídos llegaron, lejanas y acampanadas, las notas de nuestro himno nacional.