Tendrás que entender -decía Wilhem Reich, después de la Segunda Guerra Mundial- que eres tú quien transforma hombres mediocres en opresores y vuelves mártires a los verdaderamente grandes; que los crucificas, los asesinas, los dejas morir de hambre. No te inquietas para nada con sus esfuerzos y las luchas que traban en tu nombre, ni tienes la menor idea de cuánto les debes, ni de la poca satisfacción y plenitud de que gozas en la vida."
Wilhem Reich le hablaba a su Pequeño hombrecito, el silencioso hombre de clase media -enfermo del corazón- que deja siempre que el poder lo asuman otros, otros aún más débiles y más mal intencionados aún que él. Ese pequeño hombrecito o mujercita, diríamos hoy, que le teme a la libertad como a la peste, el que no sabe elegir e igual que el mono queda preso en la jaula al no soltar la fruta que le posibilita su libertad, el que huye del reconocimiento y la autocrítica.
El hombre o mujer común que nunca reconoce ante los otros sus limitaciones. El que se siente amenazado por todo y, por lo tanto, reprime y controla de la misma forma todo lo que hay a su alrededor. El o la que cree en las cosas que menos entiende y no cree en nada que le parezca fácil a su entendimiento. En definitiva, los hombres y mujeres que se mienten a sí mismos.
Ese pequeño hombrecito y mujercita que sigue habitando en los patios de nuestras casas, en las gavetas de nuestros armarios, en el interior de muestras mentes.
Algunos sabemos que lo tenemos dentro y otros no. Algunos luchamos cada vez que quiere salir y lucirse con los otros pequeños hombrecitos, los miles de pequeños hombrecitos que a pesar de 40 años entre lo dicho por Wilhem Reich y la actualidad, siguen poblando el planeta.
El futuro de la humanidad. Wilhem Reich, genio de grandes intuiciones científicas, investigador de la energía vital y las correspondencias electromagnéticas entre otras cosas, le temía a este hombrecito, porque sabía que de él dependía el futuro de la humanidad. De estos seres enfermos emocionalmente, incapaces de encararse frente al espejo de sus propias vidas. ¿Sigue el mundo lleno de pequeños hombrecitos? ¿Solo los grandes hombres y las grandes mujeres hacen que se enderece el rumbo del mundo?
¿Seremos todos seres enfermos?
Creo que no. Creo que hay seres sanos, otros un poco enfermos y otros muy enfermos. Lo que sí es cierto es que este pequeño hombrecito es importante para el futuro del mundo. De él depende que no se repitan los espantosos errores del pasado. Su voto llena las urnas de las elecciones, su nombre los expedientes de los archivos de los hospitales, su historia las fichas de los ejércitos, su número los programas electrónicos de las cuentas bancarias, de los restaurantes, tiendas y supermercados.
Esta "parejita de humanitos" vive oculta en nosotros y por el simple hecho de tener miedo, de sentirse menos, está dispuesta a matar los geranios de nuestros balcones.
Con su cacareo milenario, con su envidia y facilismo, no teme hacerse de la vista gorda ante la corrupción, ante el favoritismo y la irresponsabilidad.
Está pronto a la adulación, al amiguismo interesado, la ambición desmedida, y los juicios superficiales y anticipados.
Devoradores de flores. Cuando llega a ostentar poder, disfruta humillando al que no lo tiene, dificulta lo que considera que se le va de las manos y atrasa la justicia cuando esta ayuda a los débiles, a los que esperan día tras día que por fin el déspota caiga, el ladrón, el avaricioso, el dictador, el poseedor de verdades tangenciadas y reductoras.
El mundo está lleno de pequeños hombrecitos y pequeñas mujercitas. Son ejércitos de resentidos, perezosos y egoístas seres humanos que vemos en oficinas, despachos, ventanillas, comercios, estancias públicas, gimnasios, estadios, mercados, aldeas, barcos, aviones, autos, edificios, salones, cocinas, baños y finalmente balcones.
Devoran las verdaderas flores de la vida. Temerosos se asoman al balcón de los acontecimientos humanos e incapaces de dar, de aprender, de reconocer, se lanzan contra los delicados pétalos de los rojos geranios. Siempre dispuestos a sonreír a cambio de algo, vuelven rápido a la sombra de la ignorancia después de haber cometido el acto.
"Vivirás bien" -le decía Wilhem Reich al pequeño hombrecito- cuando la vida signifique para ti más que la seguridad y el amor más que el dinero y tu libertad más que las líneas que el partido o la opinión pública decidan.
"Cuando tu forma de pensar esté en armonía con tu forma de sentir empezarás a ser un nombre grande". Y cuando no le tengas miedo a la libertad, añadiría yo, cuando te sientas merecedor de que haya flores en tus balcones.
Cuando no sea ajeno el amor, el respeto y el conocimiento en la morada de la dignidad humana, allí dejarán de ser necesarios nuestros pequeños hombrecitos y nuestras pequeñas mujercitas.