En 1931, el gobernador de Veracruz (México), Adalberto Tejeda, emitió la orden de fusilar al obispo católico Rafael Guizar –recién canonizado en Roma por el Papa Benedicto XVI–. Desde la ciudad de México, donde estaba exiliado, regresó a su diócesis en Xalapa y se presentó en el palacio del gobernador para que él mismo ejecutara la orden. Le dijo: “He venido a demostrarle que soy respetuoso con la autoridad. Usted ha ordenado que me fusilen en el lugar donde me encuentren. He venido para que usted mismo pueda darse el gusto de hacerlo, y evitar así que ninguno de mis fieles tenga que mancharse las manos disparando contra su obispo” (Pedro Barrajón, L’Osservatore Romano).
En 1913 ejerció su ministerio entre soldados, auxilió a los heridos del ejército federal del general Venustiano Carranza, e incluso logró infiltrarse como capellán en el ejército rebelde de Emiliano Zapata. Disfrazado de vendedor de baratijas, en medio de lluvia de balas, se acercaba a los que agonizaban y les ofrecía la reconciliación con Dios. A quienes lo deseaban, les impartía la absolución sacramental.
Un buen músico… Cuentan que en cierta ocasión fue delatado y los oficiales ordenaron su ejecución. Antes de morir quiso regalar al pelotón de fusilamiento un reloj de oro: lo lanzó al aire, y mientras los soldados se peleaban por él, aprovechó para fugarse. Volvieron a buscarlo y lo hallaron. Pero sus conocimientos de música lo salvaron. Amenizó la fiesta de los soldados y, después de una larga jornada tocando canciones, un oficial se acercó a él y le dijo: “Tú qué cura ni qué canónigo has de ser. Eres un buen músico, toma 25 pesos por tu trabajo y llévate el acordeón para que tengas con qué comer”, (Revista Palabra, X-06, pág. 72).