¿Cómo se puede resumir un largo período de historia de la antigua Unión Soviética en una muñeca? Emigrantes de esa parte del mundo, ubicados ahora en las afueras del Museo de Pérgamo de Berlín, lo han logrado. Veamos cómo. Las conocidas matrioskas rusas, una secuencia de muñecas de madera que se insertan unas dentro de otras --al igual que las cajas chinas-- han sido, en el interior de ese territorio rico en tradiciones, un símbolo de identidad, con carácter folclórico e inclusive mágico. Para quienes, antes de los cambios ideológicos visitaron esas tierras, era de rigor traer una muestra de esos íconos representativos. Con la apertura de fronteras, las matrioskas se desplazaron por muchas partes del mundo, en variedad de calidades, colores y tamaños, pero siempre dentro de la misma estructura de inclusión de una muñeca dentro de la otra.
Pasemos a la transformación que han sufrido, producto de la época en que vivimos. Ya no las reconocemos con la consabida decoración exterior de una figura de mujer con rebozo y rodeada de flores. Ahora estamos ante la presencia de muñecos o matrioskos que representan a testigos de los avatares de la historia de ese pueblo. En el exterior, aparece la efigie de Boris Yeltsin, al destaparlo surge Gorbachov, con su marcha en la frente cuidadosamente delineada; en el interior de este, Breshnev; lo sigue Stalin, y es Lenin quien cierra la cadena. En síntesis, casi un siglo de historia.
Inserción en lo global. Pero, como también propio de la época, el fenómeno traspasa las fronteras de la historia local y se inserta en lo global: la presentación del affaire amoroso del presidente Clinton de la siguiente manera. El primer matriosko es la figura de dicho presidente. Se destapa y aparece Mónica Lewinsky; se vuelve a abrir y surge Paula Jones quien, a su vez, contiene a Hillary Clinton; la última matrioska de la cadena tiene dibujado un safoxón, instrumento musical preferido por el presidente, resumiendo todo el affaire amoroso que casi da al traste con la presidencia de Clinton.
Los vendedores, con gran orgullo y satisfacción, los muestran al público, dando toda clase de explicaciones alusivas, caso que uno no estuviera enterado del asunto; presentan, además, un especial interés en el caso Clinton. El precio se inicia en 40 marcos alemanes, según el interés mostrado por el cliente, y se va reduciendo considerablemente conforme este último se va alejando de la venta.
¿Qué pensar? Como siempre, que son cosas sorprendentes de nuestro fin de siglo que se pueden resumir como producto de los fenómenos de globalización, multiculturidad, rompimiento de fronteras ideológicas, desjerarquización de símbolos, mezcla de códigos, sensacionalismo, y la tendencia actual a dar la historia en una cápsula (muy sui géneris en este caso). Sin embargo, hay algo más de fondo, pues es esencialmente, en el primer caso, un fenómeno de reelaboración de signos de identidad puestos al servicio del mercado; en el segundo, siempre dentro de toda esta lógica, una muestra de la rentabilidad económica que tiene el morbo y el sensacionalismo.