Hace muchos años se realizó un concurso de canciones dedicadas a exaltar las virtudes y las bellezas de los países centroamericanos. Habría un ganador por cada país y entre estos se escogería el primer premio regional. No recuerdo cuál fue el resultado finalísimo, pero sí estoy seguro de que por Costa Rica clasificó en primer lugar la canción que en alguna parte de su letra expresa que, por ser tan linda, a Costa Rica la llaman la Suiza Centroamericana. Esta canción patriotera se tornó muy popular y con el tiempo vino a convertirse en una especie de segundo himno nacional.
Recientemente, cuando en un pequeño teatro de San Pedro un entusiasta grupo de jóvenes universitarios ejecutó una gentil parodia de la misma composición, cantada en supuesto alemán por una presunta campesina suiza, a la salida de la función se escuchó la airada protesta de una dama tica: “¡Qué barbaridad! ¿Cómo permiten que se haga burla de uno de los símbolos nacionales?”.
Una confusión. Busqué en mi biblioteca alguna prueba de que existen otros símbolos nacionales que no sean el himno, el pabellón y el escudo, pero terminé convencido de que, simplemente, la exaltada señora había sido víctima de una confusión. Después de todo, el asunto no era más grave que el caso de una señora hondureña que se persignaba todas las mañanas delante del retrato del dictador Tiburcio Carías porque lo confundía con una imagen de san Ignacio de Loyola.
En cuanto al patriotismo musical, algo no menos interesante nos ocurrió a los ticos que a fines de febrero de 1990 concurrimos, en Madrid, a la tasca donde un diestro guitarrista y no muy competente cantaor prodigaba un trato a veces inhumano a cuanta canción popular le solicitara el público. Si no recuerdo mal, alguien le informó de que en la audiencia había costarricenses, a lo que el artista reaccionó anunciando que cantaría De la caña se hace el guaro y, para nuestra sorpresa, la cantó de verdad. Por supuesto, de inmediato se le preguntó dónde y cómo “se había aprendido” lo que, para la dama tica de la historia inicial, debía de ser nuestro tercer himno nacional:
“Pues que me la ha enseñao este tío que era presidente de vuestro país y estuvo por aquí gastándose sus duros”, dijo y mencionó al exmandatario cuyo nombre, obviamente, no viene al caso. Y que nadie recurra al OIJ: mi amnesia no será derrotada ni por la tortura.
Hacia dónde voy con este comentario es algo que yo mismo no sé, pero quizás se trata de que aquella misma noche pensé en un poco afortunado presidente del Consejo de Estado de Polonia, Ignacy Paderewski, quien antes que político fue un gran pianista y muy reconocido compositor. A Paderewski le correspondió participar en la firma del Tratado de Versalles y esa circunstancia da pie para que nos preguntemos cuál habría sido su aporte a la memoria musical de algún cantante de bistrot parisino. ¿Acaso algo con un título como De la papa se hace el vodka ? En todo caso, no tengo la menor idea de cuál letra y cuál melodía integran el segundo himno nacional de Polonia, pero apostaría a una canción dedicada a la Virgen Negra de Czestochowa. Y, tanto para Polonia como para Costa Rica, es muy improbable que en el futuro uno de sus expresidentes circule por una capital europea vendiendo calendarios.