Pocos como yo están tan deseosos de que disminuya el nivel entristecedor y deprimente de la pobreza extrema, tanto por el bien del país como por la imagen del actual gobierno. Me parece que deben estudiarse a fondo las causas de esa reducción para no hacer cuentas alegres, que podrían repercutir a corto o mediano plazo en la imagen del gobierno.
Estimo que para abatir de verdad el nivel de pobreza extrema es indispensable crear un ambiente de confianza, que no existe plenamente; elaborar y aplicar un plan integral de reactivación de la economía, que incluya el establecimiento de nuevas fuentes de empleo que no se ven todavía; lograr estabilidad fiscal consolidada, con eliminación del gasto público corrupto e innecesario como recomendó en vano la fenecida Comisión del Gasto Público en sus informes números 1 y 2; implantar un régimen monetario sano que dé mayor poder adquisitivo a la moneda, en lugar del obsoleto sistema de minidevaluaciones; reducir en mucho la inflación y los aún altos tipos de interés, lo que estimulará la producción; mejorar y modernizar la estructura vial y portuaria del país, lo que, si se hiciera, produciría, entre otros efectos, incentivar el turismo y más fuentes de empleo; y, en general, emprender esas y otras realizaciones en forma total y ordenada.
Brecha creciente. Mientras esto no se haga, no puede haber reducción real de la pobreza extrema y las cifras ampliamente publicadas parecieran ser solo datos preliminares, sin contenido permanente. Bien puede haber ocurrido que se han sacado de buena fe, del nivel del 20 por ciento, a unos cuantos millares de personas que han pasado a ocupar un estrato superior cercano a ese nivel, pero siempre integrando un grupo que podría llamarse de semipobreza extrema. Y también puede haber sucedido que los datos preliminares a que me refiero no han tomado en consideración un elemento superimportante del cuadro económico, consistente en el aumento constante de la brecha social, como cualquiera lo puede constatar recorriendo unos pocos cantones de Limón y del Valle Central. Cada vez hay más pobres y menos ricos, pero más acaudalados, lo que conlleva pérdida gradual o acelerada de la ancha base de nuestra clase media, en la que se ha fundamentado la democracia de Costa Rica.
En el país lo que abunda es carestía de visión clara y de liderato, en casi todos los sectores. Las partes positivas que tiene el desarrollo económico nacional no compensan, ni con mucho, la problemática que señalo. Por ejemplo, el aumento de las exportaciones sigue siendo bastante menor que el ascenso de las importaciones, y que lo que hay es un incipiente y preocupante deterioro de la balanza comercial y de la balanza de pagos.
En resumen, no podemos alegrarnos a priori por los datos que se han publicado sobre disminución de la pobreza extrema. Hay que estudiarlos más a fondo. Veamos las cosas en su realidad integral y actuemos en consonancia. Y que los que saben más que yo me digan si mis apreciaciones están equivocadas o no.