En enero pasado comencé a impartir un curso de Derecho Internacional. Sería mi reencuentro con la actividad académica costarricense. Se me habría (verdadera ortografía del verbo "abrir" según aprendí recientemente al leer un examen) la oportunidad de a sercarme (del verbo a sercarce , también aprendido recientemente, esta vez en un periódico, y que aparentemente es lo que yo creía que se escribía "acercarse") de nuevo a la educación superior nacional.
Cuando fui al funeral de mi maestra de español de primaria, lo hacía porque estaba convencido que Doña (nótese que lo escribo con mayúscula a propósito) Juanita Romero había sido una excelente maestra. Cuando como buen "alajuela" he recordado las clases de la Niña Ester Castro, lo he hecho con igual convencimiento. ¡Cuán equivocado estaba! Durante más de treinta años me he engañado. Creí que habían sido excelentes maestras. Creí que las bases que me habían dado en los años de aprendizaje básico habían sido esenciales en mi carrera profesional. Pero años después, una nueva y vigorosa generación de profesionales costarricenses me ha demostrado lo contrario.
De engaño. Los años que viví en el pasado siglo más de cuatro décadas de engaño debo enmendarlos de inmediato. Exhumaré los cadáveres de ambas señoras; iré al cementerio de Heredia a buscar los huesos de don Francisco Vindas. Los exhibiré y al pie de sus restos pondré cartelones con la verdadera ortografía de las palabras en nuestro idioma. Cogeré las cajas con libros que tengo regadas, vaciaré los estantes y haré una pira... y bailaré al ritmo de las sandeces de Emimen, mientras un pasado de fraude se extingue en el fuego.
Así me vengaré de la tortura de innumerables dictados y redacciones. Le prohibiré a mi hija de dos años y medio que me vuelva a decir que quiere un libdo ; le compraré un Nintendo y la colocaré frente al televisor hasta que tenga la edad suficiente para marchar de casa. Y yo marcharé donde un psicólogo para que me cure de la bibliofilia, una adicción a la que me indujeron gentes como los ya mencionados, don Alfonso López Martín (mi profesor me da miedo usar ese expletivo hoy tan rebajado por los comentaristas deportivos en Estudios Generales), mi amigo Jorge Emilio Regidor y tantos otros maestros.
Sistema caótico. Regresar a la academia no ha sido lo que esperaba. Los planes que tenía se los han traído abajo la realidad de un sistema educativo caótico. No solo he tenido que enseñar Derecho Internacional, sino que he tenido que regresar a la primaria. Para evaluar sus conocimientos y su capacidad de análisis, pedí a mis alumnos que escribieran un trabajo de unas diez páginas. Al leerlos, debe uno empezar por adivinar qué es lo que está escrito: habeses por "a veces"; haya por "allá"; habre por "abre" y abra por "habrá" (¿qué diría don Fabián Dobles?); harticulo por "artículo"; Constitusion Politica, insico e insizo , pocecion ; los desatinos ortográficos son demasiados como para que quepan en la edición del diario de hoy, para no hablar de los desaciertos gramaticales. Luego debe uno abordar la tensa y tediosa labor de dilucidar lo que se ha querido decir.
Desafortunadamente, el fenómeno es omnipresente. Lo encontramos en estudiantes de todos los colegios y universidades. Aflora en profesionales, técnicos y los que no han tenido la oportunidad de continuar sus estudios. Los errores se ven escritos en exámenes, diarios, recetas o protocolos; los oímos en la radio, la televisión, conferencias o simples charlas de amigos. Van desde la señora en una radioemisora de corte religioso que nos habla de la resurrectación de Cristo, hasta el locutor de un programa de opinión que corrige a su invitado porque dijo "suicidio" y no autosuicidio ; del comentarista de televisión que dice que Nueva Zelanda es un país africano, al que menciona en el 2001 que la "Comunidad Económica Europea" cuenta con 10 países miembros (lo leyó en un Almanaque Mundial de hace 25 años). Es, pues, hora de que nos replanteemos de manera seria y profunda nuestro sistema educativo. Ya el Ministro de Educación ha dado un paso esencial, después de que batiéramos la marca mundial de ser el país con menos días lectivos por año a principios de la década pasada.
¿Riqueza? Hablamos todos los días de globalizaciones, de competitividades, de ventajas comparativas. Decimos que nuestra gran riqueza está en nuestra gente. No obstante, no hay más que leer los periódicos para darse cuenta de que aventajamos por muy poco a países que se supone que deberían estar muy por debajo de Costa Rica en materia educativa. No hay más que ver las conclusiones que se sacan de las encuestas, los escritos de estudiantes universitarios y de profesionales, o los comentarios que hacen muchos autoproclamados "expertos" en radio o televisión, para entender que la capacidad de análisis de los costarricenses se ha perdido. No hay más que sentarse a ver muchos de los programas televisivos producidos en el país, para percatarse de que atravesamos una crisis de proporciones descomunales.
Para terminar, permítanme los lectores relatarles lo que le sucedió a mi hermana recientemente. Llegó a la escuela de la que es dueña un vendedor de libros. Quería venderle una enciclopedia literaria que, según él, era la mejor que había salido al mercado hasta ahora. Siendo que la institución que dirige es de educación preescolar, mi hermana estaba interesada en cuentos clásicos. ¡Qué torpeza la suya!; le preguntó al vendedor si la obra contenía fábulas de autores clásicos, como Esopo, Fedro o La Fontaine. El comerciante, de manera indignada, le contestó: "Doña Julieta, en primer lugar, la enciclopedia solo contiene cuentos de autores reconocidos, ninguno es de esos modernos que nadie conoce. En segundo lugar, se trata de una colección de libros, no de vídeos".