El fenómeno mundial de la corrupción que emana del poder político semeja a un gigantesco e incontenible derrame de petróleo sobre el mar. Pero es especialmente en tres continentes África, Asia y Latinoamérica donde los peores cleptócratas de la historia contemporánea se han ensañado contra sus desvalidos y paupérrimos pueblos.
En el continente negro, el coronel Mobuto, protegido de los belgas, saqueó sin piedad a su país, Zaire, antes el Congo Belga, durante casi 30 años. Cuando, hace algunos años, murió, dejó varios miles de millones de dólares en bancos suizos y más de un castillo en Francia.
Más recientemente, el dictadorzuelo de Nigeria, Sani Abacha, y sus compinches, ganaron para su patria el deshonroso título del país más corrupto del mundo. Para fortuna de Nigeria, uno de los más ricos y el más poblado de África, Abacha murió siendo muy joven, mientras participaba en una orgía sexual de varios días en la que el viagra circulaba como si fueran bocadillos.
Décadas de latrocinio. Quizás el régimen más putrefacto del Pacífico asiático ha sido el de Suharto en Indonesia. Tres décadas de latrocinio ininterrumpido por parte del dictador y su círculo familiar dejaron el país en estado económico comatoso. A pesar de los esfuerzos del Fondo Monetario Internacional (FMI) y dos gobiernos posteriores a Suharto, no levanta cabeza. Si a esta precaria condición agregamos las sangrientas luchas intestinas entre las minorías cristianas y las mayorías musulmanas en varias islas del gigantesco archipiélago, no sería de extrañar en un futuro no lejano ser testigos del desmembramiento de Indonesia por el factor religioso, entre otros.
Latinoamérica les pisa los talones a África y Asia en la descomposición de sus clases políticas.
La convergencia de factores políticos, económicos, sociales, productivos y gremialistas produjo el desplome de Argentina, pero sin duda la corrupción de su clase política, desde los tiempos de Perón, contribuyó fuertemente al estallido de la crisis.
En Perú, gracias a los "vladivideos", el pueblo y el resto del mundo observaron perplejos cuán profundo había penetrado la cleptocracia, destruyendo el tejido moral de buena parte de la clase política y empresarial de la nación.
Drama encapsulado. Por confesión propia de los venezolanos, su país el más rico en recursos naturales del subcontinente, pero con un 65 por ciento de pobres ha recaudado desde el inicio de la explotación petrolera una suma equivalente a 25 veces el costo del Plan Marshall para sacar a Europa de las cenizas de la Segunda Guerra Mundial. En esa confesión está encapsulado el drama de Venezuela. Pero ¿cómo salir de él? Porque lo actuado hasta hoy por "la revolución cultural bolivariana y liberadora" resulta peor que la enfermedad.
En la paupérrima Centroamérica, Nicaragua sobresale como víctima de este latrocinio sostenible. Pero hay esperanzas. Por primera vez en más de 70 años existe voluntad política para impartir justicia contra la canalla cleptómana, que se atrinchera en el Congreso para cubrirse con el manto mugriento de la inmunidad. Pero no es suficiente el cerco judicial. Para que el pueblo se redima de tanta villanía, debe lanzarse a la calle a exigir con fuerza arrolladora la restauración de la decencia y la cárcel para los ladrones.
Costa Rica no ha estado exenta de esta pandemia inmoral pues es de todos conocida la larga lista de abusos y fechorías cometidas con los dineros públicos. En los próximos 4 años el papel de una prensa libre, valiente e investigativa será herramienta insustituible en la lucha contra la corrupción, incluida la legalizada en los monopolios estatales.