Hay palabras que, dado el uso que les damos, toman vida propia. Muchos de estos términos, a pesar de su naturaleza técnica, se cargan de contenido y emotividad, a partir de la forma en que se han manejado y, sobre todo, del efecto que pensamos tienen en nosotros. Quizás el caso más claro es el de la palabra “neoliberalismo”. Desde que se introdujo este concepto en nuestro suelo, se le desnudó de toda neutralidad teórica y, casi sin comprender de qué se trataba, se le convirtió en el adjetivo predilecto para descalificar a los políticos “de oposición” (no importa el partido). Así, más que aludir a una posición ideológica, ser llamado “neoliberal” se ha convertido en un insulto en Costa Rica.
Algo similar pareciera estar sucediendo con la palabra “globalización”. Especialmente en su acepción comercial, esta palabra poco a poco parece estarse convirtiendo en sinónimo de injusticia, explotación y pobreza. Es difícil negar que, mediante otra forma de manipular el concepto, se han cometido muchas injusticias y abusos en nombre de la globalización. E, igualmente, está claro que hemos sido los países en desarrollo quienes más hemos sufrido estos abusos. No obstante, muy mal haríamos en pensar que la globalización y sus repercusiones se limitan al ámbito económico.
Beneficios innegables. Cualquiera que disfrute de las ventajas de Internet, de la televisión por satélite o de la infinidad de conexiones aéreas, marítimas y terrestres que hoy existen, encontrará complicado negar los beneficios de la globalización de la información y las comunicaciones. Es conocido que son los sectores más pudientes quienes se benefician en mayor medida de estos avances tecnológicos. Sin embargo, hay otra forma de globalización de la que se habla muy poco y que, muy al contrario de sus demás formas, tiene como principales beneficiarios a los que están más necesitados: la globalización de la solidaridad.
La idea de globalizar la solidaridad pareciera abstracta, lejana, casi un ideal. En un esfuerzo por “aterrizar” el concepto, en su encíclica Sollicitudo rei socialis, su santidad Juan Pablo II pareciera definirla como “El hecho de que los hombres y mujeres, en muchas partes del mundo, sientan como propias las injusticias y las violaciones de los derechos humanos cometidas en países lejanos…”. Y agrega que el ejercicio de la solidaridad es el amor y el servicio al prójimo, particularmente a los más pobres.
Al otro lado del Atlántico. Aunque la definición del Papa es clara, nunca comprendí mejor la idea que cuando viví en carne propia la globalización de la solidaridad. Estando del otro lado del Atlántico, me tocó la mala suerte de sufrir un accidente. El evento llegó en el peor momento, pues estábamos a cuatro días de regresar a Costa Rica, luego de terminar mis estudios en el extranjero. El accidente (una fractura en el pie) no me permitía moverme, y obligó a mi esposa a tener que dedicarse a ayudarme hasta en lo más básico.
Inmovilizado, con el viaje encima y sabiendo que debía ir varias veces al hospital, no nos quedó más que rezar y pedir ayuda divina. Esta no tardó en llegar. Vino de la forma en que más a menudo se nos presenta Dios: en forma de personas de buen corazón que, en este caso, provenían de varias partes del mundo.
De todo el mundo. Amigos costarricenses se encargaron de que no nos faltara nada de comer y de llevarnos al hospital. Entre dos compañeros de trabajo de mi esposa (uno de Irlanda y otro de Bangladesh) bajaron tres pisos con 22 cajas hasta el camión de la mudanza. Varios compañeros de estudio (de Argentina y Nicaragua) se encargaron de bajar nuestras maletas, mientras recibíamos visitas y aliento de amigos de Inglaterra, Gales, Colombia, México, Venezuela, Estados Unidos, la India y Costa Rica. Un amigo inglés se encargó de llevarnos a las cuatro de la madrugada, con todo el cargamento, hasta el bus que nos transportó al aeropuerto. Allí, dos vecinos –ambos de Nicaragua– nos esperaron para acompañarnos y cargar el equipaje hasta el mostrador de la aerolínea. Finalmente, un representante de la aerolínea, de origen nigeriano, accedió no solo a empujar mi silla de ruedas, sino también a cargar nuestras maletas al hacer la conexión del vuelo en Estados Unidos.
Fue precisamente este africano quien, luego de conocer nuestra historia, mejor resumió la experiencia: “Amigo, en todas partes hay gente buena, dispuesta a ayudar”. La globalización de la solidaridad es un milenario sentimiento de empatía y responsabilidad con quienes necesitan ayuda que, gracias a las redes que se han generado en un mundo interconectado, puede encauzarse y aprovecharse para colaborar con los menos afortunados. Hace casi un mes yo mismo hubiera tildado esta conclusión como un rebrote de “idealismo de pubertad”. No obstante, hoy me siento totalmente comprometido con esta idea, y lo mejor es que estoy seguro de que hay muchos otros que piensan y sienten así.