
Un colega ("y sin embargo amigo", según el dicho de Enrique Góngora) me confesaba, una tardecita de estas, la desazón que le provocaba la ausencia de filósofo que caracteriza nuestro tiempo.
En aquel momento, yo no supe articular una reacción ante su discurso; pero, al llegar a casa, ¡eureka!, me dije: sí hay un filósofo y sí es representativo de la época actual y sí nos habla a través de libros (Lacrisisdelcapitalismoglobal; Laalquimiafinanciera).
Se trata de George Soros -75 años, húngaro de nacimiento y estadounidense por elección-, discípulo de Karl Popper, oculto a menudo tras la máscara de gurú de las finanzas.
En efecto, usted habrá visto su foto en las portadas de revistas dedicadas a los magnates (Fortune, Forbes) y quizás conozca la anécdota de que, con una maniobra bursátil, el bueno de George sacó a la libra esterlina del sistema monetario europeo en 1992.
Pese a tamaña celebridad -fugaz, claro-, la vocación de Soros es la filosofía; y él quiere que lo juzguen en el mismo casillero de los pensadores, de Platón hasta (qué sé yo) Popper.
El apostador metódico. Reina en el mundo una enorme discrepancia entre las expectativas y opiniones que tenemos y las situaciones que vivimos -afirma Soros-, algo que nos vuelve propensos al error; y la historia no es sino la suma y resta de semejantes equivocaciones.
He aquí el principio medular del pensamiento de Soros, principio que no deja de ser metafísico y que se aplica como anillo al dedo al mercado global, donde los mecanismos del cambio de divisas, la volatilidad de las bolsas y el movimiento de capitales generan una mecánica de incertidumbre y azar comparable a un juego de ruleta.
Dentro de tal juego -a diferencia de Dostoievsky, obsesivo del número ocho, o de los muchos maniáticos habidos y por haber-, Soros es un apostador metódico que se vale de su conocimiento del escenario humano, del barro de que están hechas las criaturas, criaturas impresionables ellas, poco juiciosas, proclives al desacierto y -elemental, Watson- ¡a los especuladores!
Raciocinio y tráfico. Resulta curioso que el verbo "especular" designe, a la vez, el raciocinio y el tráfico de bienes. Soros parece adoptar los dos registros con demasiada comodidad.
Así admite que lo suyo es "hacer dinero con el dinero", a la hora de ponerse el traje de administrador de fondos de inversión, y llega a ironizar incluso: el que no sigue este camino es porque no puede (Ford debió fabricar carros; Rockefeller, abrir pozos petroleros; Ted Turner, lanzar CNN; Bill Gates, revolucionar la informática).
En cambio, él compra valores baratos y los vende caros, muy simple; y, dado que sus operaciones son elefantiásicas, las ganancias también son siderales.
Las pérdidas, ojo, podrían serlo; pero el que desea obtener beneficios cuantiosos, tendrá que aceptar el riesgo.
Yo escribía, al comienzo, que Soros, su filosofía, es representativa de la época actual. Creo que de ello, ahora, no cabe duda. Representativa, aclaro, no quiere significar valiosa, cierta ni brillante, sino que refleja con su cruda escasez de pensamiento la cruda escasez de realidad que hoy vamos desviviendo.
Creo que, para cerrar, viene al caso una cita de Shakespeare, que imagino precisamente destinada a Soros: "Existen más cosas en el cielo y en la tierra que en vuestra filosofía".