
“Todos los gatos son mortales; Sócrates es mortal; por consiguiente, Sócrates es un gato”.
Para que no les metan gato por Sócrates, como en esta conocida falacia, los estudiantes de séptimo año de secundaria recibirán lecciones de lógica.
El objetivo, explica el Ministro de Educación, es permitirles “distinguir los tipos de errores que pueden cometerse y así defenderse de argumentos falsos” para, de esa manera, desarrollar el pensamiento crítico.
Tomar distancia. Ciertamente, el pensamiento crítico requiere la capacidad de tomar distancia con respecto al discurso del otro –sea este otro un profesor, un político, un líder religioso o un libro– por medio de la duda. Pensar supone no avalar ni rechazar, sin previo examen, lo que el otro nos dice.
Esa actitud defensiva, que consiste en evitar ser engañado, es un momento esencial para el desarrollo del pensamiento. Es la que anima al Sócrates de los diálogos de Platón, cuando pone en guardia contra los falsos razonamientos de los sofistas, esos prestidigitadores del espíritu que pretendían enseñar a persuadir por medio de una argumentación retorcida, y a quienes no preocupaba encontrar la verdad, sino dar la mera apariencia de verdad.
Es entonces fundamental conocer las reglas del buen pensar para tomar distancia con respecto a cualquier tipo de discurso moral, religioso o político.
Sin embargo, si no queremos que nuestro estudiante se convierta en un joven pedante que, bien equipado con el arsenal de la lógica, esté solo dispuesto a poner en tela de juicio el discurso del otro, es fundamental que se le anime a lanzar contra su propio ego –y si duele, mejor– las flechas de la duda.
En efecto, la crítica no tiene ningún valor si no se basa primero en la actitud autocrítica. Dudar de los demás es esencial, pero la honestidad intelectual exige, ante todo, humildad intelectual, que consiste en el elemental dudar de sí mismo.
Aprender a dialogar. Pero, para cultivar la humildad intelectual, no es suficiente conocer las reglas de la lógica; se necesita, además, practicar el arte de la dialéctica, que es, en su sentido primero, un diálogo.
Platón define el pensamiento como el “diálogo silencioso del alma con sí misma”. Pensar es traer al otro dentro de sí, dialogar con él, pero sobre todo, contra él. Pensar es aprender a entrar en desacuerdo consigo mismo.
El objetivo debe ser entonces el siguiente: que el estudiante no sea simple espectador del discurso de los otros, sino autor de su propio pensamiento. Si se le dan las herramientas para analizar la coherencia lógica de lo que dicen los demás, se le debe también poner frente a la más desafiante de las tareas: conducir su propia argumentación de conformidad con las reglas del buen pensar.
Hace unos días, en Francia, los estudiantes de bachillerato respondieron, en cuatro horas, por medio del ejercicio dialéctico de la disertación, una de las preguntas de la prueba de filosofía: “¿Traiciona el lenguaje el pensamiento?”, “¿Qué se gana con intercambiar?”, “¿Es absurdo desear lo imposible?” y “La objetividad de la historia, ¿supone la imparcialidad del historiador?”, fueron algunas de ellas.
La iniciativa de dar lecciones de lógica a jóvenes de secundaria es, desde luego, un buen comienzo; pero no debemos detenernos ahí. ¿Cuándo tendremos en Costa Rica una verdadera reforma educativa, que les exija a los estudiantes enfrentarse con el inestimable reto de crear su propio pensamiento?