La teoría democrática clásica daba buena cuenta del sistema de pesos y contrapesos, como mecanismo interno para el equilibrio del poder en una democracia. Mas, en Costa Rica hemos puesto nuestro granito, o granote, de arena, como quiera vérselo, a esta teoría, generando nuestro sistema de “frenos y contrafrenos”, con lo que, en vez de lograr el justo medio en las relaciones de poder, detenemos la dinámica del sistema político frente a las demandas sociales que exigen su actuación.
En el Congreso, por ejemplo, el eje político de la discusión nacional frente a temas clave del desarrollo transcurre en la mayor parte de los casos entre el “freno” de unos y el “contrafreno” de los otros, dada la incapacidad de generar vías alternativas de acción política que promuevan nuevas formas de “avance” de cara a los retos del país. Así, la agenda política nacional ha caído en la trampa de no discriminar entre urgente e importante ni distinguir, de paso, el nuevo clivaje entre “avance” e “inmovilismo” en que se encuentra empotrado nuestro sistema político.
Autonegación. En este escenario la clase política, en vez de plantearse, con seriedad y creatividad, las reformas que requiere el país en este nuevo siglo, prosigue la sinuosa peregrinación por el desfiladero de las posposiciones y las trivialidades, que no es otra cosa que “frenar y contrafrenar” el desarrollo también; constituyen un acto colectivo de autonegación para efectos de enfrentar, con realismo y visión, el momento histórico que vivimos.
Más allá de estos hechos, la situación del país se agrava ante la realidad de que el clientelismo electoral sigue teniendo un peso significativo en la definición de la agenda nacional, en detrimento de la pospuesta y frenada discusión sobre las rutas por las que el país debe transitar hacia el primer mundo. Así, la clase política, en vez de enfrentar la problemática que sufre el país en distintos campos, prosigue asentada en modelos tradicionalistas que, si en algo se caracterizan, es por la parálisis y el inmovilismo que generan.
Evasión. Hoy, el costo de oportunidad que implica para el país el que nuestra agenda nacional siga asentada en la cotidianidad de una amplia gama de “frenos” y “contrafrenos”, insulsos y vacíos de contenido, representa una evasión de las responsabilidades que a la clase política corresponde definir en relación con las acciones políticas que la Nación enfrenta para solventar los problemas que la población y el entorno geoeconómico demandan.
Ante esta panorámica, los mecanismos de rendición de cuentas, transparencia y democracia participativa tienen el reto de escapar al formato paralizante al que muchos parecieran apostar y ser, más bien, vías que estimulen la acción del Estado en provecho de la ciudadanía y sus perspectivas de futuro.