
No he sabido qué escribirle. Ninguna fórmula de condolencia alcanza para expresar lo que siento, y sé que palabra alguna podrá consolar a María, quien la noche del domingo 22 de febrero perdió a su hija porque un conductor borracho embistió el carro en el que viajaba. Ni siquiera la solidaridad de los amigos logra aliviar ese dolor ni llenar el vacío.
Intento ponerme en sus zapatos y se me estruja el corazón. ¡Cuánta ilusión despierta un hijo o una hija! Depositarios de nuestro amor, cada día nos enseñan a mirar el mundo con otros ojos, o a través de los suyos.
Hay días luminosos y también desvelos; noches de angustia por un simple resfrío. A veces, congojas de hospital: tratar de sostener una sonrisa para no quebrarnos cuando vemos una vía en su brazo. Esfuerzos para explicar la importancia de las vacunas, aunque duelan. Confieso que solo ahora comprendo por qué mamá rompió en llanto cuando me vio un brazo enyesado, aun teniendo yo veintitantos años.
Pero los hijos crecen. Y nos llenamos de orgullo con sus buenas notas, sus logros deportivos o artísticos, que pasan a formar parte de nuestra vida cotidiana. Cada etapa trae lo suyo y ensancha en las madres un amor que no conoce medida. Sus ilusiones se vuelven nuestras; celebramos sus éxitos como propios. Los vemos ganar independencia, prepararse para asumir su vida, y confiamos con toda nuestra fe en que nada malo les ocurra; menos aún, que la muerte se los lleve antes que a nosotros.
Año tras año supimos, por su madre, de los logros de Frida: graduaciones, éxitos, proyectos. Y de pronto, la trágica noticia de siempre: un conductor ebrio, a alta velocidad, invade el carril contrario y embiste un vehículo. Solo que esta vez la víctima es alguien que conocemos. La estadística deja de ser número para rompernos el corazón. Como les ocurre cada día a tantas familias.
Señora presidenta electa: usted ha anunciado como prioridad la ruta a Occidente. Fue precisamente en la carretera a San Ramón donde un chofer borracho causó el accidente que le quitó la vida a Frida. Casos como este demuestran que mejorar las condiciones viales va más allá de ampliar una o varias carreteras.
Urge fortalecer la educación vial; aumentar los controles en carretera –sobre vehículos y conductores–, garantizar la visibilidad de las vías (señalización, ojos de gato, iluminación), realizar la reparación oportuna de baches e impulsar programas como el de “chofer designado”. Pero, sobre todo, fomentar la conciencia de que nadie debe conducir bajo los efectos del licor, las drogas o el cansancio. Hagamos de la educación vial una prioridad nacional.
yalenadelacruz@yahoo.com
Yalena de la Cruz es odontóloga.