
Por conformistas que somos, o perezosos tal vez, ya casi no nos vemos porque nos ha dado por relacionarnos por la vía virtual, y todos tan contentos. Con enviar un par de audios de vez en cuando, o apelar al recurso del WhatsApp, paliamos de un clic las culpas por lo remolones que nos hemos vuelto si se trata de juntarnos a conversar, en persona, quiero decir. De modo que, consuetudinarios del ciberespacio, placeres cotidianos como charlar entre tazas de café y los goces de sobremesa son rituales que, de continuar esa tendencia, caerán en el desuso.
Claro, la virtualidad vence las distancias geográficas. Y eso es muy bueno; sin embargo, la comunicación interpersonal es pobre en esta época. Basta con observar el comportamiento social de cualquier grupo; juntos en apariencia, pasan horas estáticos, absortos en las pantallitas, atisbando la vida desde sus butacas cibernéticas.
Por eso, cuando me bajé del autobús en la terminal de San Isidro de El General e identifiqué la silueta espigada de mi viejo amigo Eduardo Rojas Arroyo, a quien no veía desde hace diez años, la impresión inicial de quienes somos hoy, operó en mí la sensación de un flashback cinematográfico. Posiblemente, las imágenes que uno conservaba del otro, develaron gradualmente las cicatrices en cuerpo y alma que mostramos ahora; orfebres de sueños, risas, lágrimas y vicisitudes de una extensa travesía.
De jóvenes, éramos un par de promotores de Dinadeco y del Centro de Cine que recorríamos el territorio nacional, en la puesta en escena de un programa de cine costarricense que improvisábamos en salones comunales y espacios abiertos de pueblos recónditos. Y, precisamente, a raíz de nuestras lides en la gestión cultural, Eduardo, lector insigne, estudioso y disciplinado, se convirtió en mi guía y mentor de literatura universal.
Después de tanto tiempo, nos debíamos el reencuentro por mi afán de conocer su biblioteca, en un alto de la casa que comparte con sus hijos Laurence, Leonardo y Paulo, centinelas de una presencia entrañable: el recuerdo de Marjorie Guillén, esposa y madre, quien trascendió al infinito hace seis meses. De ahí la nostalgia, sentimiento que como el aire habita en cada rincón del hogar de los Rojas Guillén y anida en la biblioteca, un recinto rodeado de estantes repletos de libros y relatos que, además, narran peripecias y pormenores de una vasta colección, como los manuscritos de Tenochtitlan, Campanas para llamar al viento y Cuando nos alcanza el ayer, de José León Sánchez, con quien Eduardo trabó una prolongada amistad; ensayos de Yolanda Oreamuno y decenas de autores nacionales que lee y relee.
Porque la relectura es una fase importantísima de la pasión de sumergirse “mil y una noches” en palabras escritas, un clásico que, por cierto, Eduardo atesora en cuatro tomos de Las mil y una noches.

También forman parte de su biblioteca distintas ediciones de Cien años de soledad, portadas de Pedro Páramo de Juan Rulfo, La muerte de Artemio Cruz de Carlos Fuentes; cuentos de Cortázar, poemas de Benedetti, relatos de Sergio Pitol o El Evangelio según Jesucristo, ejemplar con la rúbrica de José Saramago, a quien conoció en el parque El Retiro en la feria madrileña del libro, en 1999.
Como ven, mi amigo es un solitario entre páginas de escritores, confidentes y fantasmas. Motivado por su esposa, a quien sigue llamando Mayita en la eternidad, Eduardo acometió en plena madurez la carrera de leyes que ejerce exitosamente, gracias a su vocación innata por la lectura.
Además de las inquietudes literarias que compartimos, un gran motivo del reencuentro en su lar del Sur, fue mi respetuosa visita al camposanto donde reposan los restos de Marjorie. “Si tienes problemas con el viento, ajusta las velas”, reza el epitafio de quien fue una destacada educadora. Para sus deudos, mensaje, mandato y legado de la novia eterna de mi buen amigo.
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Roberto García H. es periodista y comunicador.
