
De niño, ya lo he dicho antes en este espacio de Letra Libre, cada mandado por San José incluía una parada obligatoria en los bajos de Monumental, ahí por la esquina que une la avenida central con la calle primera. Era la forma más accesible para ponerse al tanto de las novedades en una época que desconocía de notificaciones instantáneas y pantallas emergentes. Ahí, presentes, las miradas atentas, idas, el murmullo apenas perceptible pero coordinado, o las inevitables conversaciones que hermanaban por un instante a completos desconocidos.
Repetían las abuelas trilladamente que “todo depende del ángulo con que se miren las cosas”. Haciéndoles caso, cambiando de foco, me subo hoy imaginariamente hasta ese alto, para llegar a la sala de redacción y sentir lo que era mirar el acontecer desde arriba.
Cuentan, dicen, que el teletipo fue el antecesor del fax, de donde salía milagrosamente un papel estampado con algún mensaje que iría a pasar por el filtro del jefe de Redacción, y que, según su importancia, sería la primicia del día. Las cadenas noticiosas se asociaban a alguna fuente que les hacía llegar los acontecimientos más relevantes. Eran los inicios de la búsqueda frenética por la inmediatez que no teníamos ni idea de hacia dónde nos llevaría.
Volteo la cara y visualizo el cajón con las letras del abecedario amontonadas, la banca con los puños de palabras que luego ensamblarían oraciones contundentes, el viento soplando al salir al balcón para desarmar la noticia anterior y colocar la nueva en la famosa pizarra, la expectativa de los observadores que intentaban adivinar el mensaje, el vértigo porque la baranda del balcón era muy bajita, algunos plásticos que inevitablemente se caían, el madrazo consecuente, y el lanzamiento de vuelta de alguna erre o zeta, a veces estrellándose contra el ventanal. En ocasiones, si había alguna falta de ortografía, se recibiría una chiflada digna de la gradería sur.
Sueño con la reminiscencia de la sirena usada durante la Segunda Guerra Mundial, diseñada para generar el mayor retumbo posible y así alertar cuándo habría bombardeos. Una vez instalada en el corazón de nuestra capital, ante semejante estruendo –cuentan los viejillos que llegaba hasta Heredia o Desamparados–, los costarricenses desarrollamos una respuesta muy a lo Pavlov, muy de condicionamiento clásico, donde hiciéramos lo que hiciéramos, igual que el perro salivando, nos veíamos en la premura de dejar botada esa tarea para salir a toda prisa hasta aquella esquina predeterminada. O cuando menos, sintonizaríamos el dial.
Me pongo en los ojos del observador que desde las alturas ve a la gente corriendo con urgencia, congregándose, atendiendo el llamado, abarrotando la avenida central hasta detener el tránsito –sí, porque todavía circulaban los vehículos por ella–, llenando el espacio de Correos, llegando hasta La Gloria hacia el este, o apenas diluyéndose en la entrada sur del Mercado Central, del otro lado; desde arriba, también, escucho el cuchicheo, percibo en panorámica la expresión al unísono de la multitud, su algarabío o temor.
Enciendo los parlantes que reproducían en la calle la señal que estaba al aire, recurso reservado solo para ocasiones especiales. Ahí se notificó de la muerte de Pepe Figueres, se narró en vivo el incendio de tienda La Gloria o se dio seguimiento al detonamiento escuchado dentro de la cabina por la bomba que pretendía matar a Edén Pastora; ahí, también, se anunciaba el Año Nuevo y se declaraba al triunfador de las elecciones. Ahí se hacía historia.
Recibo también los mensajes de quienes llegaban a poner anuncios ante la ausencia de un teléfono en su pueblo; los comisariatos que administraban líneas no habían llegado todavía por aquellos lugares demasiado olvidados por Dios. Y se ejercía un servicio social invaluable: así, los papás de Pedro sabrían que él llegaría a Barra del Colorado el 7 de setiembre; así María pedía que la fueran a esperar con caballo el 20 de marzo en la tarde para bajar desde La Cruz hasta Bahía Salinas. Me río de cuando, a modo de broma, vacilábamos con decir al aire que "se le informa a la familia de Juan que salió bien de la autopsia".
Veo de reojo la espalda de los entonces presidentes electos dando sus discursos de la victoria, o de los precandidatos en plena lucha electoral. O también a artistas de la época, como Ana Gabriel, haciendo promoción de su gira, o el concierto de Jossy Esteban y la Patrulla 15 que presenciamos desde aquel palco preferencial.
Respiro, también, los gases lacrimógenos que pretendían suprimir la protesta de los agricultores que, al no haber sido escuchados, venían a manifestarse hasta acá. Pienso en las ventanas cerradas, pero por error, el gas intoxicado sorteando los filtros del aire acondicionado y en la narración periodística que esquivaba los venenos gaseosos.
Regreso a los bajos, siempre tomado de la mano de mi abuelo, entendiendo, ahora sí, por qué le decían a aquel lugar “la esquina de los grandes acontecimientos”: ya para ese entonces, era el punto de referencia para una buena parte de nuestro quehacer nacional, para lo bueno y lo malo. No imaginaba yo que tan solo unos años después nos veríamos tan carentes de lugares de convocatoria, de símbolos o de personajes que supieran narrarnos. De un sentido de pertenencia.
Gracias, don Víctor, por este viaje maravilloso.
ricardo.millangonzalez@ucr.ac.cr
Ricardo Millán es médico psiquiatra, catedrático de la Universidad de Costa Rica y miembro correspondiente de la Academia Nacional de Medicina.
