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Vivir en piel ajena: escribir para entender al otro

–¿Y si nos largamos de acá?– le dije, indignado. –Sí, te hablo en serio. Yo ya no puedo más con tanta miseria

Las mujeres venezolanas son las que más migran para obtener una oportunidad laboral.
Migrantes a su paso por la selva de Darién, Panamá. Luis Acosta/AFP
Las mujeres venezolanas son las que más migran para obtener una oportunidad laboral.
Migrantes a su paso por la selva de Darién, Panamá. (Luis Acosta/AFP)

Había estado estudiándolo, con detalle. El personaje definitivamente era complejo y, además, me movía fibras internas. Su verbo, sus recovecos emocionales, lo que lo atormenta. Para interpretarlo, entonces, me permití sintonizar con mis propias desgracias. Me dejé hundir en el fango hasta sentir que no podía respirar, que no tenía más aire de tanto llorar. Experimenté la palpitación, la sudoración copiosa, verme perdido sin tener a quién recurrir. Estaba dispuesto, era un reto personal, pero también político. Político, claro, en el sentido más amplio, el bonito, el de la responsabilidad social que todos tenemos, el que busca mejorar las vidas de esta manada que somos, tan desorientada. Entonces, seguí adelante.

–¿Y si nos largamos de acá?– le dije, indignado, sintiendo que no podía más, diciendo que sí, que oyó bien, que nos vayamos al norte, allá donde hay casitas bonitas y parques de diversiones, que no importa si malvendemos todo esto, porque al fin y al cabo tampoco es que valga mucho. Menos en este barrio, polvoriento, desorganizado, doliente, doloroso.

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