
Había estado estudiándolo, con detalle. El personaje definitivamente era complejo y, además, me movía fibras internas. Su verbo, sus recovecos emocionales, lo que lo atormenta. Para interpretarlo, entonces, me permití sintonizar con mis propias desgracias. Me dejé hundir en el fango hasta sentir que no podía respirar, que no tenía más aire de tanto llorar. Experimenté la palpitación, la sudoración copiosa, verme perdido sin tener a quién recurrir. Estaba dispuesto, era un reto personal, pero también político. Político, claro, en el sentido más amplio, el bonito, el de la responsabilidad social que todos tenemos, el que busca mejorar las vidas de esta manada que somos, tan desorientada. Entonces, seguí adelante.
–¿Y si nos largamos de acá?– le dije, indignado, sintiendo que no podía más, diciendo que sí, que oyó bien, que nos vayamos al norte, allá donde hay casitas bonitas y parques de diversiones, que no importa si malvendemos todo esto, porque al fin y al cabo tampoco es que valga mucho. Menos en este barrio, polvoriento, desorganizado, doliente, doloroso.

–Sí, te hablo en serio –dije, insistiendo–. Yo ya no puedo más con tanta miseria. Nos merecemos más en esta vida. ¿Acaso no quieres que ellos crezcan en un mejor ambiente, con más oportunidades, y que no tengan que partirse el lomo como lo hemos hecho nosotros desde hace tantos años, como lo hacemos todos los días, sin preguntarnos por qué, sin saber por qué? Claro que a mí también me da miedo cruzar el desierto y nadar ríos, negociar con coyotes y meternos los cuatro por esos túneles mugrosos sin saber si del otro lado del muro, al cruzar la frontera, hallaremos una luz más brillante.
La opresión en el pecho me hacía jadear buscando los resquicios de oxígeno vivo que me permitieran aferrarme a ese hilo de vida. Tenía la mirada desenfocada; había algunos ruidos lejanos, poco definidos, como murmullos. Ella, la madre de mis hijos, más bien me habría descrito como desorbitado, perdido irremediablemente. Solté el lápiz sobre la mesa y la humedad de mis manos –y ojos– mojó el papel. Recordé la vez única en mi infancia en que los grilletes del pánico estrujaron mi corazón, y este, constreñido, pegaba gritos como solo él sabe: atragantándose en mi garganta, implosionando, rogando por una pausa, latiendo sin brújula.
–¿Cómo que por qué ya no puedo más? En efecto, ya no doy más, no puedo. Pero sabes algo, hace días lo vengo pensando. Creo que no se trata de esta miseria, de esta inseguridad, de que los peques no puedan salir a patear una puta bola a la calle ni que no tengamos un cinco para una comida decente. No, no es eso. Con lo que nos hizo la familia esta última vez, sabiendo que son lo único que tenemos, con ese desprecio tan doloroso, me di cuenta de que aquí no pertenecemos. Que no somos parte. Y que cuando no se es parte, no hay más razones para aferrarse. Que esa es, a fin de cuentas, la verdadera razón por la que las personas migran, se desaparecen diciendo que querían ser trotamundos para embarcarse lejos y no volver. Nunca.
Fue un papel difícil, desgastante. De esos que me toman días en recuperarme, en restablecer el reloj biológico, las horas de sueño, los turnos de alimentación, la energía matutina. Incluso las ganas de sonreír. Y sobre todo, librarme de esa pensadera, de la repetición de ideas en mi mente, de sensaciones y reminiscencias que no desaparecen, que más bien se avivan y se vuelven más intensas, como si fueran de mi propiedad.
Interpretar. Vivir en piel ajena, ser alguien más por un momento, o ser muchos más. Robarle los pensamientos y hacerlos míos, como si me pertenecieran, y como si pudiera hacer algo con ellos. Interpretar otro rol, abandonar quién soy, ponerme en pausa. Darme el lujo de no tener historia, de borrar las fotos en negativo que conforman los rincones de mi memoria y renunciar.
Interpretar. Desde la escritura, claro. Otros, más diestros, con la pintura, o esculpiendo, garabateando, creando música, bailando hasta el fin del mundo. Y lo hace también, sin percatarse, sutilmente, la gente muy normal, allá en sus vidas quietas y cotidianas, en las oficinas, durante el transporte público, a la hora del almuerzo, o desde el podio político –ahora sí, en su sentido más lamentable–. Interpretar, permitirse vibrar como lo hacen los actores que lloran en el escenario cada noche de la temporada, sintiéndose otros. Interpretar un papel que se escribe sobre papel, con puño y letra, con rayones y palabras tachadas o subrayadas, explotando la expresión facial aunque nadie me observe en esos momentos de soledad en mi sillón, con mi café, con mi búsqueda, con un viaje y reencuentro. Interpretar: dejar de ser para existir, para sanar, para volver a sentir. Y valorar lo que sea que seamos.
“No se trata de memorizar un texto, hay que vivirlo. Esta lección me ha servido en la literatura. Para desarrollar a los protagonistas, tengo que ponerme en su lugar, como lo haría Anthony Hopkins”.
Isabel Allende, ‘La palabra mágica’
ricardo.millangonzalez@ucr.ac.cr
Ricardo Millán es médico psiquiatra, catedrático de la Universidad de Costa Rica y miembro correspondiente de la Academia Nacional de Medicina.
