La discusión de iniciativas como las del movimiento autodenominado “Red de Control Ciudadano” que llevará a cabo una “Auditoría Electoral Ciudadana” ( http://www.elpregon.org/costarica/politica/1662-auditoria-electoral-ciudadana-vigilara-comicios-del-2010 ), al que me referí en un artículo anterior (La Nación, Foro, 11/10/09) , pasa necesariamente por analizar su función en el fortalecimiento del sistema democrático costarricense. Si el fin es llevar a cabo una labor de desprestigio, atribución incorrecta de competencias, acciones restringidas a la lucha electoral y además autorreconocida como “no neutral”, cabría la posibilidad de repensar los fines hacia algo positivo, constructivo.
Supuestos peligrosos. Lo que sucede es que todas las condiciones señaladas ponen en tela de duda los verdaderos objetivos de este tipo de movimientos, cuando, por ejemplo, se pretende “Garantizar la calidad de la democracia costarricense”, sin decir al menos cómo, con qué recursos, ni dar un plazo que revista de seriedad su propuesta, argumentando “necesidad” de hacerlo según supuestos que lesionan no solo la institucionalidad, sino, también, agreden y dañan la imagen de quienes trabajan por fortalecerla.
Atentan contra los objetivos que persiguen, pues dejan ver una perspectiva que encierra a la democracia solo en una de sus manifestaciones: la electoral, y resume todo el sistema completo en un único acto: el voto. Esta visión de corto plazo, reduccionista, deja de lado que la democracia se construye todos los días con las prácticas ciudadanas y que tiene que ver con valores no solo contenidos en el sufragio, sino que lo trascienden, como la tolerancia, la solidaridad, el respeto a la divergencia, el respeto de las decisiones de la mayoría, confianza, igualdad, pluralismo, responsabilidad, participación, justicia y libertad, todos los cuales forman parte no solo de los órganos de carácter electoral, sino, también, de los de orden educativo, para citar solo un ejemplo.
La democracia se resuelve con más democracia y el camino es precisamente institucionalizar, canalizar las demandas sociales y llevar a cabo las modificaciones necesarias para mejorar y generar garantías dentro de la democracia misma. Pero estas divisiones, negativismo, manifestaciones maniqueas, críticas sin plasmar soluciones, solo dejan un sinsabor y una preocupación, más que por movimientos que se reconocen a sí mismos como pasajeros o esporádicos y sesgados, por el rumbo tomado por nuestra sociedad.
Participación no es improvisación, no es lanzar críticas o supuestos que deterioren la credibilidad en la institucionalidad. No es prestidigitación para crear profecías autocumplidas. No es con más órganos “vigilantes”, tendientes a generar anomia o sembrando dudas, sino mejorando los procedimientos ya existentes o con transformaciones estructurales. Es cansado, pero más aún preocupante, el discurso cajonero y necio de algunos “líderes políticos” de atacar a instituciones y no verlos llegar nunca con una propuesta real, seria, estructurada y planificada de qué condiciones harían mejorar, como en este caso, el sistema electoral costarricense. Olvidan que ha sido este mismo órgano, el Tribunal Supremo de Elecciones, el que llevó a cabo las transformaciones para el establecimiento del nuevo Código Electoral y me consta personalmente la seriedad, la capacidad y el deseo incólume de hacerlo de manera consensuada y consulta.
El discurso de los perdedores. El discurso de los perdedores, de culpar el sistema y no su propia incapacidad, debería llegar ya a su fin. La misma reputación que tratan de minar del órgano electoral, será la que eventualmente les confirmará en el poder. El mismo TSE es el que certifica el triunfo, al mismo tiempo que la derrota. No hay que envenenar el agua del manantial del que nos alimentamos, me dijo una vez un maestro. Si se insiste en socavar la credibilidad del TSE, ¿cómo aceptar que sea este mismo órgano el que acredite a los diputados y a los representantes de gobiernos locales? El fin no justifica los medios.
Es la misma lógica que aplican algunos candidatos cuando no resultan electos: se ufanan en criticar al sistema, lanzar acusaciones contra el órgano electoral, poner en entredicho todo cuanto sea posible y achacan su derrota a artimañas de sus oponentes, pero nunca reconocen su propia incapacidad, su propio negativismo, su necedad. Desde esta misma lógica, las elecciones se tornan en intentos por tratar de doblar el brazo a la ciudadanía por las reglas del juego y no por la empatía de un proyecto político. Es el mismo argumento de negación de la realidad que les lleva a criticar las encuestas y declararlas como falsas, en lugar de aceptar que no gozan del favor de la población, son quienes siempre recurren a “matar al mensajero”, y como los malos perdedores acusan de parcialidad al árbitro y no a su pobre desempeño.
Pensamientos así llegan a calar en la cultura política, a crear trincheras, movimientos separatistas, a renegar de la realidad y no reconocer la propia incapacidad, a fragmentar tanto a la sociedad misma, que, poco a poco, el país se desintegra, se debilita. Bien dice la máxima política: divide y vencerás. Por lo tanto, no es en la fragmentación en la que somos más sociedad, sino en la unión.
Se lanzan críticas basadas en prejuicios, teorías de conspiración, buenos y malos, demócratas y antidemócratas, partidos de la “campaña del miedo” contra “partidos que visionan un Estado Social de Derecho”. Desatamos así prácticamente en una guerra, en la que no importa qué o quién se opone a nuestros objetivos, sino que lo importante es hacerlos prevalecer. ¿Dónde está el beneficio común? ¿Dónde está la lucha por llevar una mejor calidad de vida al mayor número? ¿Dónde el fortalecimiento de nuestra sociedad? ¿Dónde la unión que hace la fuerza?