En Costa Rica hablamos todos los días de inseguridad. Nos preocupa, nos molesta, nos enoja.
Le pedimos más acción al gobierno, a los jueces, a la Policía. Pero mientras exigimos soluciones, seguimos ignorando algo que tenemos frente a los ojos todos los días: la violencia que consumimos sin cuestionar; la que reproducimos desde las pantallas, los micrófonos y las redes sociales.
En televisión nacional, en radio, en medios impresos y digitales, se ha vuelto la norma programar violencia, morbo y basura emocional.
Telenovelas donde el sicario es héroe. Series donde el narco es ejemplo de éxito. Noticias que desmenuzan crímenes con morbo,como si se tratara de entretenimiento. Y redes sociales que premian el escándalo, la burla y la humillación.
Esto no es coincidencia. Es parte de un ecosistema mediático que, con la excusa de “dar lo que la gente quiere”, ha terminado alimentando una cultura del miedo, de la agresión y de la indiferencia.
La ciencia lo ha demostrado. Estudios de la American Psychological Association, la Organización Mundial de la Salud (OMS) y centros académicos de renombre advierten de que la exposición constante a contenidos violentos incrementa la percepción de inseguridad, desensibiliza ante el sufrimiento ajeno y normaliza la violencia como vía legítima para resolver conflictos.
No estamos hablando solo de efectos individuales. Estamos hablando de clima social. De cómo nos tratamos. De cómo reaccionamos. De cómo aprendemos –sin darnos cuenta– a vivir con miedo, a validar la fuerza, a callar frente al abuso.
En países como Canadá, Uruguay o Japón, ya se ha iniciado una revisión profunda del rol de los medios. Se han limitado horarios para contenidos violentos, y promovido las producciones que educan, inspiran y unen. Los resultados se notan: una ciudadanía más empática, informada y menos agresiva.
En Costa Rica, en cambio, seguimos apostando por la fórmula fácil: crimen, escándalo y rating.
Y lo más grave es que muchos medios –que alguna vez fueron referentes de criterio– hoy se prestan para amplificar todo aquello que divide, asusta o degrada.
Por eso, este no es un reclamo ideológico. Es una súplica ciudadana. A los canales, radioemisoras, periódicos, medios digitales e influenciadores: ustedes no son ajenos al país que tenemos. Son parte de él. Y tienen poder.
No podemos pedir seguridad si glorificamos al violento. No podemos pedir paz si premiamos el insulto. No podemos pedir respeto si lo que consumimos a diario es humillación, burla y confrontación.
La pantalla también educa. La radio también forma. La prensa también moldea.
Costa Rica no necesita censura. Necesita criterio. Necesita contenido que eleve, que conecte, que construya.
Y necesita, urgentemente, que los medios vuelvan a ser parte de la solución, no del problema.
Rafael Solís C. es arquitecto.
