La estación de Río Grande de Atenas tiene a la locomotora 127 bien plantada a su lado; no es fácil que la deje el tren.
La máquina ocupa apenas un campito de la vía, pero su reino llegó a extenderse por la totalidad del camino que nos llevaba al Pacífico. Cerca permanece una imagen del Corazón de Jesús entre matas de corazón de Jesús. El patrono de los ferrocarrileros es ahora un santo desempleado pues ya no pasan por aquí convoyes a los cuales proteger. A pesar de esto, un rótulo recuerda que a 78 kilómetros espera el mar, aunque ahora sería imposible llegar hasta él saltando de estación en estación. La línea está muerta y enterrada, marchita por el abandono.

Antes fue distinto. Así lo dicen las imágenes y así me lo contó una tarde, en Escobal de Atenas, un testigo de todo aquello. Su diálogo empezó con una pregunta: “¿Llevándose recuerdos?”. Sí, en eso andaba yo, tomando fotos de la bella estación ferroviaria local.
El vecino se presentó: “Me llamo Ramón, pero todos me conocen como Nene”. Habló como si nos conociéramos de toda la vida; habló de cuando el ferrocarril llevaba y traía carga, gente, animales. También sobre los días en que los trabajadores del tren bajaban allí, en los andenes de Escobal, a los borrachos de guaro majadero. Los dejaban en tierra porque desordenaban los viajes y porque nunca ha sido recomendable subir a un vagón montado en la carreta.
Los escobaleños entendieron pronto que los del tren se quitaban un peso y se lo cargaban a ellos; dieron con el remedio al construir un par de celdas que hoy, desiertas y enllavadas, son apenas una anécdota. Allí se evaporaron muchas tandas.

“¿Conoce la estación de Quebradas?”, me preguntó Nene cuando le dije que andaba con ganas de conocer cuantas me fuera posible. “La de Quebradas es el doble de grande que esta”, explicó, con los ojos puestos en la de Escobal, que es de dos pisos. Respondí que nunca había oído siquiera mencionarla; entonces me dio la dirección con pelos y señales. Nombró puntos de referencia que yo ignoraba, así que al final de cuentas fue la tecnología la que, como si nos agarrara de la mano, nos llevó directo.
La antigua estación de Quebradas se encuentra medio escondida; por eso, incluso a punto de llegar, uno duda si habrá algo al final de la callecilla solitaria de lastre y piedras. Sí, lo hay: es una construcción que sorprende y entristece en dosis parecidas. Aunque está descuidada, conserva intactos los rasgos de los buenos tiempos por los que transitó.
A la sombra de un palo alto saqué el teléfono y escribí algo breve que después pasé en limpio; quise recoger en caliente la primera impresión de aquella mañana averanada: “Cantan chicharras, que podrían ser actuales o de 1936. Por el viejo empedrado aún no escurren las aguas de mayo, que hoy entraron a tropezones en febrero. Nadie apea aquí ya ganado, nadie espera. Está muda la boletería, sin pies las gradas. Murió la báscula, se borraron los adioses y las bienvenidas, se marchitaron los viajes. El tiempo se extravió entre la meseta y la costa. Regados sobre el silencio de la línea quedaron los bananos pasa de Orotina, los marañones, los caimitos. Aquí se detuvo el olvido, aquí siempre es ayer”.
Sentí que aquel rincón casi secreto, pero tan próximo a la carretera a Caldera, estaba pegado a un calendario de fechas vencidas. Días después encontré una foto del 38 que muestra a la estación en sus mejores días, como si fuera una joven vedette para la cual acaba de subir el telón. Dos niños recorren el andén, un hombre nos da la espalda desde el centro de la línea, algunas personas dirigen la mirada hacia donde parece estar detenido el ferrocarril.

Uno conoce la estación de Quebradas en estos días y se pregunta en qué momento se borró el camino que avivaba los pueblitos de sus orillas.
Las respuestas llegan envueltas en buena nostalgia, sentimiento del que nació, creo, otra de las curiosidades de la estación de Río Grande, donde ya estuvimos antes. Alguien ideó fabricar una pequeña locomotora de tracción humana a la que uno sube y alguien empuja. La máquina camina unos metros y luego se devuelve. Se trata de un juego que va en serio. Ante la imposibilidad de echar a andar la 127, se optó por crear algo así como su clon en pequeña escala, tan pequeña que le cabe apenas un grupito de personas, todas bien sentadas, eso sí.
La maquinita avanza sobre su propia música de metal cimbrante a un lado de la antigua estación, convertida en Museo Ferroviario. Allí se busca mantener viva una llama que, tal vez, nunca más tomará fuerza. A nuestro fatigado titán de mil y un viajes le vendaron los ojos, le escondieron el norte y el tiquete de regreso. En ese adiós perdimos también sus estaciones; quedamos botados.

