Vencer la mediocridad, el facilismo, mirar al futuro y construirlo con la voluntad y las manos propias es una responsabilidad. En la Antigüedad clásica encontramos dos modelos relativos al mérito: el mérito producto de las hazañas épicas y el mérito como consecuencia del valor del trabajo, del esfuerzo. Los vemos representados en Homero y Hesíodo, respectivamente.
El poeta Hesíodo de Ascra se propone como el más antiguo difusor del mérito del esfuerzo (ponos) canalizado en el trabajo. Lo concibe como una forma de areté (virtud, excelencia en un ámbito práctico). Como una forma de desarrollar aptitudes valiosas y humanas.
Este nomos (hábito, costumbre) debe situarse en el centro de la vida. Su línea de pensamiento está relacionada con la justicia. Para Hesíodo, el hombre merece los resultados sobre la base de su sacrificio en el trabajo. Fundamentados en su lucha por el sustento cotidiano.
Se distancia de un mérito fundado en la excelencia guerrera o en la riqueza de la clase propietaria. “En lugar de los ambiciosos torneos caballerescos, exigidos por la ética aristocrática, aparece la silenciosa y tenaz rivalidad del trabajo. Con el sudor de la frente debe ganar el hombre su pan. Solo a este precio puede alcanzar la areté”.
El acceso al poder a comienzos del siglo VII a. C. era disfrutado por una aristocracia hereditaria a la que se le definía como los “devoradores de regalos, burladores de la justicia y emisores de sentencias torcidas”.
Un cuadro de corrupción moral —que lamentablemente persiste— donde cada uno busca su propio provecho y la fuerza prima sobre la justicia y la fidelidad. “En tales tiempos, el duro trabajo del campesino prudente, que gana al suelo la propia existencia, adquiere una nueva significación y dignidad. Dependiendo solo de sí mismo, también puede mantenerse solo cuando todo se desploma”.
La corriente de Hesíodo significa la valoración del esfuerzo frente a la negligencia. “Nada reprochable es el trabajo, muy reprochable es la inactividad”. La acedia aparece como el mayor delito social. Poseerá excelencia (areté) todo aquello que demande considerable esfuerzo. Moralmente se planteaba que las relaciones humanas deberían quedar sometidas a la justicia (diké) y al respeto (aidós). Dos ejes fundamentales.
Debemos superar la crisis por elevación. Las limitaciones se tienen. Somos humanos. Tenemos carencias. La persona ejemplar trabaja en ellas. Las puede superar. La mediocridad se elige, no es un destino. El bien que hagamos depende de nosotros mismos, de nuestras acciones, no de nuestras omisiones o negligencia.
La mediocridad moral es la modalidad de peor pronóstico, pues conduce a la corrupción. Vale recordar que la corrupción es un delito, no un derecho que se arrogan algunos. La mediocracia corroe las instituciones por dentro y degrada a las personas.
Del trabajo bien hecho y del esfuerzo, depende el futuro moral y económico de nuestros hogares y de nuestra sociedad. La educación necesita una renovación profunda, un aggiornamento para regresar a la cultura del esfuerzo. Nos llama la hora presente.
La autora es administradora de negocios.