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Venezolanos, por favor, cuenten a nuestros hermanos de Colombia

Hay modos de pensar, procedimientos y tácticas que sobrepasan la especificidad de la estructura social y política venezolana

Me dirijo, principalmente, a esos 1,8 millones de venezolanos que viven en Colombia. Que han encontrado acogida legal y un lugar en donde vivir, después de huir de Venezuela, huir, insisto, de los atroces resultados de la revolución bolivariana.

En esta coyuntura, a los venezolanos nos corresponde resumir los hechos que hundieron a nuestro país, a partir de diciembre de 1998, y contarlos ―evitando comparar dos procesos políticos que son estructuralmente distintos―, porque en el relato de la debacle venezolana hay modos de pensar, procedimientos y tácticas que sobrepasan la especificidad de la estructura social y política venezolana, y pueden tener la misma eficacia corrosiva y arrasadora que han mostrado en nuestro país, pero también en Nicaragua, Bolivia, Argentina y más allá.

Toca recordar que, a finales de 1998, una mayoría votó dominada por dos corrientes de sentimientos: una de rechazo y frustración ante el estado de cosas en el país, que se mezcló y potenció con la otra, hecha de la esperanza que produjeron las promesas de Chávez. La mezcla de castigo e ilusión al momento de votar puede resultar provechosa para los enemigos del régimen democrático: usan las elecciones para acceder al poder, y una vez instalados, dan inicio a su verdadero propósito, que es el de socavar las bases del Estado de Derecho.

Hay que recordar ahora que Chávez, en vez de estar en prisión por los delitos que había cometido ―un golpe de Estado que causó la muerte de un centenar de personas―, había sido sobreseído. Una decisión que se tomó por el régimen de libertades y derechos que existía en Venezuela, y que apenas accedió al poder comenzó a demoler, del modo más impúdico e implacable.

Es fundamental recapitular cuáles fueron las reacciones que se produjeron cuando se levantaron las voces que advirtieron del peligro que Chávez encarnaba. Se minimizó el riesgo y se dijo que entre la Cuba de 1960 y la Venezuela de 1999 había diferencias abismales. Y entonces comenzamos a repetir: uno, que Venezuela, con su poderosa industria petrolera, no podría nunca empobrecerse a niveles tan extremos como había ocurrido en Cuba; dos, que la sociedad venezolana, en todos sus estamentos, estaba acostumbrada a ciertos niveles de vida y consumo, que no renunciaría a ellos, por lo que no se dejaría imponer una políticas de empobrecimiento; tres: que las instituciones en Venezuela, incluyendo en esta caracterización a las fuerzas armadas, eran sólidas, forjadas en una tradición legalista y democrática, y que estaban capacitadas para asumir la defensa del Estado de Derecho; y, cuatro, que los intereses extranjeros en Venezuela, especialmente, los derivados del mercado petrolero mundial, predominarían para garantizar la estabilidad productiva del país, impedirían a Chávez cometer excesos en contra de la economía y la legalidad democrática.

Todo lo anterior lucía muy razonable. Cada uno de los argumentos parecía tener su respectiva solidez. Además, había un hecho que caló muy hondo en los sectores económicos y políticos: al menos en dos ocasiones ―son las que mi memoria me ofrece― Chávez se desligó de Cuba (como Petro se desliga ahora de Maduro) y sostuvo que su proyecto podía adscribirse, en lo ideológico, a la llamada «tercera vía» que, en lo teórico, postula un gobierno de centro-izquierda, en el que la economía de mercado se ejecuta de forma simultánea a grandes inversiones de carácter social. Más todavía, el propio Chávez, en actos de demagogia extrema, llegó a decir que si su gobierno, en los dos o tres primeros años no producía los resultados prometidos, él sería el primero en promover la realización de un referéndum revocatorio.

Todo era mentira y era inviable: Chávez llegó para quedarse en el poder por tiempo indefinido y a imponer un modelo de destrucción y empobrecimiento de la política y la economía, que le permitiese alcanzar ese objetivo. Y para ello ejecutó, sin que la sociedad lograse detenerlo, y con el apoyo de las fuerzas armadas, a las que comenzó a colonizar desde el primer día, un programa de liquidación de todas las formas de autonomía.

Acabó con la independencia del Poder Judicial, convirtió a la institución electoral en una dependencia de su partido, politizó todos los poderes públicos para ponerlos a su servicio, despojó a las fuerzas armadas de su carácter institucional, realizó pactos con la narcoguerrilla, promovió intercambios con regímenes enemigos de la democracia y las libertades (Cuba, China, Rusia, Bielorrusia, Turquía, la Argentina de los Kirchner, la Bolivia de Evo Morales, el Ecuador de Rafael Correa, etcétera), y, esto es lo más importante de contar a todo aquel que esté dispuesto a escucharnos en Colombia, empobreció la vida de todos los venezolanos, lo que incluye a quienes habían votado por él; los reprimió, los persiguió, les negó sus derechos, creó una estructura represiva que mata y tortura, condujeron él y Maduro a la devastación de la industria petrolera y de la economía, crearon condiciones para que un 95% de las personas se situaran dentro de la pobreza, hasta que a casi 7 millones de personas no les quedó otra salida, empujados por el hambre y la amenaza de muerte, que huir a decenas de países, de forma particular a Colombia, con el único objetivo de encontrar un modo digno de vivir.

Con que cada quien cuente a sus amigos colombianos su caso, su propia experiencia, bastará para hacer una contribución a favor de la democracia y del voto consciente.

El autor es presidente y director del periódico El Nacional de Venezuela.

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