La información sobre el deceso, en algún lugar de las montañas de Colombia, de Pedro Antonio Marín, más conocido como Tirofijo o Manuel Marulanda Vélez , líder del grupo narcoterrorista FARC, despierta expectativas que deben responder al interés de la gran mayoría de los habitantes del país suramericano y de los Estados que claman por la paz.
Trayectoria violenta. La trayectoria violenta de Tirofijo, encuentra sus raíces en la crítica época de los enfrentamientos partidistas de las décadas del cuarenta y cincuenta, mezclándose en la acción armada como una respuesta a la persecución que desde diversas esferas se hacía en contra del Partido Liberal, y de manera especial contra la población campesina, cuya sangre era la de Marín.
Después de los primeros años de lucha, quizá todavía con la bandera roja ondeando, Pedro Antonio y unos pocos hombres empezaron a perder el horizonte, y la recepción a los comunistas, sus otrora enemigos acérrimos, lo fue cubriendo para acoger la novel filosofía que le llegaba con armas y apoyo desde atrás de la Cortina de Hierro a través de su satélite americano, Cuba, y lo que lo llevó a acoger por igual el nombre de Manuel Marulanda Vélez, el verdadero, un albañil de La Ceja, Antioquia, y quien en los años treinta se erigiera como un reconocido líder sindical.
Descubierta por los sistema de inteligencia del Estado la muerte del casi octogenario cabecilla hace más de dos meses, la ratificación corrió por cuenta de los voceros de la guerrilla, quienes no tuvieron más opción que reconocer la desaparición física del hombre que los agrupaba, haciendo de paso la mención de su sucesor, quien si bien encarna una trayectoria guerrillera, de seguro habrá despertado reacciones encontradas en el seno de la cúpula y por ende en la tropa, la que aún en vida de Marulanda mantenía separación y accionar independiente en muchas regiones.
Cambios radicales. En el paso de esta guerrilla, durante más de cuatro décadas, los cambios han sido radicales, y de la insurgencia campesina que encarnó en los primeros años, pasó a ser un numeroso grupo que copiaba el esquema trazado desde Cuba, y que no ha variado filosóficamente a pesar de los cambios mundiales que determinaron la caída del Muro de Berlín o la independencia de la antigua Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y por ende la caída del comunismo.
Y las variantes, para mal del pueblo colombiano, siguieron dándose entre la guerrilla, mal calificada de Ejército del Pueblo, pues el objetivo de ataques, bombas, minas, voladura de torres y oleoductos, tomas, ha sido ese mismo pueblo, que supuestamente han tenido como objetivo defender. A ello debió sumarse el accionar, como cualquier capitalista, en la obtención de recursos a través de la extorsión y el secuestro, de manera primaria, de aquellos que generaban trabajo o procuraban empresa de servicio.
Posteriormente, el secuestro se generalizó, extendiéndolo a todos los sectores de la sociedad, cubriendo estamentos oficiales, militares, políticos, ciudadanos, para sumar centenares de personas en cautiverio en contra de los más elementales derechos humanos, lacerando comunidades y familias que siguen llorando a sus seres queridos.
En esa suma, el grupo guerrillero acogió gustoso el tráfico de drogas, para enriquecer a unos, comprar armas, contando con el apoyo de algunos países “amigos”, y seguir en una lucha fratricida que solo ha dejado dolor, sangre y muerte.
La esperanza está dada en un replanteamiento de la guerrilla, y que de una vez por todas se sienten con seriedad a dialogar, liberen a los secuestrados, abandonen el narcotráfico, y de esa manera la desaparición de Marulanda sea, como lo ansiamos todos, una muerte para el cambio.