
Los vecinos comenzaron a llegar a las seis en punto. Primero, llegó una pareja con flores; luego, otra con una botella de vino; después, una más con bocadillos. Venían de dos en dos, sonrientes, generosos, siguiendo el sendero del jardín. Celebraban las orquídeas sobre el güitite, la distribución del espacio y la iniciativa de invitarlos.
En algún momento, un hombre de mirada aguda me tomó del brazo:
–Debería escribir en Letra Libre sobre sus nuevos vecinos —sugirió–. Hágalo ahora, cuando todavía tiene una buena opinión de nosotros.
Sonreí con un segundo de retraso. Desde entonces, mientras retiraba los platos y servía el vino, comencé a redactar mentalmente estas líneas, consciente de que la buena opinión no es un recurso renovable.
Nos habíamos mudado tres semanas atrás. Desmontamos una vida y la armamos de nuevo con piezas desiguales: mi pareja y yo, dos adolescentes, una perrita de la tercera edad y tres gatos ofendidos. A eso se sumó la remodelación: pisos nuevos, un boquete en la cocina y la ilusión de que elevar el cielorraso es una forma de respirar mejor.
La mudanza es uno de los motivos dramáticos por excelencia, quizá porque nos hace pensar que basta con movernos para que el mundo cambie. Aquella noche comprendí que los verdaderos cambios no ocurren cuando abrimos un nuevo capítulo, sino cuando descubrimos que hemos llegado a una historia que empezó antes que nosotros.
Muchos de nuestros nuevos vecinos viven en el barrio desde finales de los años setenta y han cultivado una memoria minuciosa del lugar. Durante la cena, intentaron heredárnosla con la paciencia de quienes saben lo mucho que vale el tiempo acumulado.
La conversación derivó pronto hacia el tema que los unía como una fe secreta: las hormigas. Columnas interminables cruzaban diariamente cocinas y dormitorios, reclamando esa geografía como suya.
Con la ligereza del recién llegado, conté que nosotros habíamos resuelto el problema casi sin querer: cortamos un rosal, lanzamos los tallos a un punto estratégico y desviamos el camino de hormigas.
–¿Y hacia dónde lo desviaron? –preguntó uno de los vecinos.
Hacia el fondo del jardín, dije, y comprendí que estaba a punto de alterar el equilibrio que sostiene en silencio a toda comunidad. Además, imaginar que habíamos solucionado en media hora lo que ellos padecían desde hacía medio siglo era, sin duda, una forma de arrogancia.
Entonces llegó el inventario de derrotas: avispas depredadoras, líquidos avinagrados, barreras de ajo. Las hormigas sobrevivían a todo y aprendían a rodear obstáculos con una inteligencia superior. Para evitar que la masacre escalara, me lancé a defenderlas: no son individuos, dije, sino un superorganismo. Una entidad cuyas habilidades surgen de la suma de las partes.
Hablé de cooperación, de arquitectura subterránea, de eficiencia ejemplar. Hablé como si defendiera una causa política.
–¿Y por qué no les traemos queque? —interrumpió la misma voz—. Para recompensar sus talentos.
No supe si el comentario era una broma o un intento genuino de tregua con los insectos. Entonces, una vecina silenciosa añadió el dato final: el hormiguero puede superar siete metros de profundidad y cien de diámetro.
Hice un cálculo rápido: había unos cinco millones de hormigas que vivían bajo nuestros pies. Una ciudad invertida, más antigua, poblada y organizada que la nuestra.
Pensé en la remodelación de la casa, en el piso nuevo, en el techo ascendido. ¿Habríamos alterado el terreno de manera irreversible? Imaginé la casa deslizándose hacia un vacío diseñado por ingenieras subterráneas. La idea me produjo una mezcla de temor y fascinación.
La velada terminó con risas y promesas de futuros encuentros. Media hora después, saqué a pasear a la perrita de la tercera edad. A pocos metros, los vecinos continuaban la tertulia bajo el alumbrado. Los observé e imaginé los millones de hormigas que dormían bajo sus zapatos.
Mientras me alejaba, pensé que una comunidad no es solo el conjunto de quienes comparten acera, sino también la trama invisible que sostiene esa convivencia. Sobre la superficie vivimos algunos vecinos; debajo, otros –minúsculos y laboriosos– nos ayudan, sin saberlo, a hacer comunidad.
Tal vez la convivencia supone reconocer que toda superficie tiene su reverso. Que a cada barrio le corresponde otro escondido, organizado según sus propias leyes, y que habitar ese pequeño rincón del mundo no consiste en dominarlo, sino en aprender a habitarlo con humildad, aun cuando no lleguemos a comprenderlo del todo.
jurgenurena@yahoo.com
Jurgen Ureña es cineasta.
