
Los costarricenses venimos sufriendo molestias físicas a causa del “polvo del Sahara”, que afecta los ojos y los pulmones. Pero también nuestra “atmósfera nacional” se ha enrarecido y ensuciado con un “polvo” asfixiante de extrema violencia que nos causa preocupación, limitaciones, malestar y miedo en nuestra vida diaria, con desfavorables consecuencias físicas, emocionales y comunitarias.
Esta “atmósfera” está alterando nuestra vida personal, familiar y colectiva, así como la convivencia pacífica y las buenas tradiciones de una vida republicana, democrática, fraterna y solidaria.
Estamos viviendo un serio deterioro de la calidad de nuestro régimen republicano democrático, de fundamentos humanistas. Se está perdiendo la observancia del Estado de derecho, principalmente por los ataques y descalificaciones contra el Poder Judicial, dirigidos a desacreditarlo y, eventualmente, “tomarlo”.
También se está debilitando el Estado social solidario, pues, para los gobiernos chavistas, las instituciones y los programas del sector social ya no son una prioridad presupuestaria. A la vez, nuestro Estado democrático, sustentado en un ordenamiento jurídico de bases constitucionales, sufre fuertes embates dirigidos a debilitar o eliminar los pesos y contrapesos, las fiscalizaciones y los controles que constituyen resistentes murallas frente a los abusos, atropellos y extralimitaciones de gobiernos autocráticos.
Se ha dicho, a partir de ejemplos de Centroamérica y Latinoamérica, que las amenazas y la pérdida de la democracia se gestan desde dentro y no desde fuera. Los golpes militares han pasado a la historia. Ahora, quienes tienen aspiraciones autoritarias o dictatoriales se aprovechan de los procesos democráticos y de las estrategias de comunicación política para alcanzar el poder absoluto del Estado.
Así, una vez que asumen el poder, desde la silla presidencial y las curules actúan para controlar los tres poderes del Estado y otras instituciones y órganos democráticos que, por sus competencias constitucionales o legales, tienen a su cargo el control de los gobernantes. Los autócratas y dictadores eliminan esos controles.
Pilares fundamentales de la democracia están siendo deteriorados, pellizco tras pellizco, en esa ruta hacia el autoritarismo: el pluralismo ideológico y político, el respeto a los derechos humanos, los derechos y garantías individuales y sociales establecidos en la Constitución, la libertad de prensa, opinión e información y la protección de las minorías.
El poder político, que emana de la participación ciudadana, dejaría de estar en el pueblo para concentrarse en la casta gobernante o en la voluntad única del autócrata o tirano de turno.
El pueblo ya no elegiría libremente a sus representantes ni participaría en las decisiones políticas que lo afectan, especialmente si se le impidiera a la sociedad civil organizarse en cuerpos intermedios: cámaras, sindicatos, partidos políticos, colegios profesionales, cooperativas, asociaciones... Estas organizaciones cumplen una misión importantísima como contrapesos en el funcionamiento de la democracia.
¡Sería muy grave llegar a vivir situaciones como las anteriores! Costa Rica perdería su rostro republicano y democrático, reconocido internacionalmente, y los costarricenses perderían derechos y garantías fundamentales bajo el poder del autoritarismo.
Lamentablemente, la “atmósfera política” que cubre nuestro país se enturbia y se vuelve malsana ante estas señales de autoritarismo.
A ello se suman los proyectos de ley enviados a la Asamblea Legislativa con posibles vicios de inconstitucionalidad, orientados a gobernar “a sus anchas”; las rechazables declaraciones de representantes del Gobierno y diputados del partido PSO sobre la posibilidad de no acatar resoluciones de la Sala Constitucional, y la descomposición social producto del odio, las amenazas, los insultos y los violentos ataques, tanto del gobierno anterior como del actual, contra el Poder Judicial, el Ministerio Público, la Contraloría General de la República y sus jerarcas. Vivimos un estilo de gobernanza violento, inusual e improductivo que no debe normalizarse.
¿Miedo? Sí, también miedo, ante la imperante inseguridad ciudadana y la desaforada violencia, y cuando un ministro de Estado y un alto dirigente del partido de gobierno afirman públicamente que tienen “identificados a los adversarios” del gobierno con información sensible, junto con la amenaza dirigida a los adversarios del chavismo: “que se preparen porque no saben lo que les espera”.
Tenemos suficientes y claras señales de los peligros de perder las garantías y los derechos de nuestra República democrática.
herreramarvin39@gmail.com
Marvin Herrera Araya es exministro de Educación Pública y exdiputado.