
Los obeliscos son rayos de sol endurecidos. También podrían describirse como testigos de un viaje que empezó en la cantera y todavía no termina. Quietos, pero nunca detenidos. Moverlos es meterse en un berenjenal, pero eso no evitó que media humanidad los codiciara como quien mira un mueble ajeno y dice: “Esto quedaría precioso en mi ciudad”.
De cuantos se alzan fuera de Egipto, pongo los ojos en el único de América, más por biografía que por un afán de inventario: no conozco los otros y a este lo descubrí un día cualquiera en que visitaba el Museo Metropolitano de Nueva York. Me giré en una sala, levanté la vista hacia afuera y allí estaba, erguido en su soledad como un fósil de rayo trasplantado. Abandoné el edificio y salí al otoño, que ya ofrecía noticias del invierno. Rodeé el obelisco varias veces y después me senté a mirarlo; una placa me reveló su nombre: “aguja de Cleopatra”.
Lo de llamarlo “aguja” tiene sentido por ese impulso de la piedra a terminar en punta, pero nada lo liga a la mujer que a menudo imaginamos luciendo la belleza de Liz Taylor. Según chismean monedas y esculturas antiguas, Cleopatra difícilmente habría pasado un casting para interpretarse a sí misma en los sets hollywoodenses.

Las fantasías populares cuentan que ella tomó el obelisco y lo envió a Alejandría; es decir, Cleopatra habría sido una muy buena decoradora de interiores urbanos. Quien mandó fabricar la pieza fue Tutmosis III, hacia el 1475 antes de Cristo. Cuando lo trasladaron a la ciudad de Alejandro, la humanidad ya caminaba por el siglo I antes de Cristo; así de rápido nos brincamos medio libro de historia. No hay de otra: si seguimos todas las fechas, nos da Navidad.
En aquel tiempo, Manhattan era tierra de osos, ciervos y tribus algonquinas; no asomaba todavía la Gran Manzana, nada se decía de Nueva Ámsterdam, faltaban los turistas soñando con desayunar en Tiffany’s y no había ojos asombrados dentro del Metropolitano, ese museo encajado en Central Park, rectángulo que, por un capricho de la anatomía, es el pulmón de la isla y ocupa su corazón.

El asunto es que, en las afueras del MET es donde pasa sus segundos y sus siglos una de las “agujas de Cleopatra”: 200 toneladas y 21 metros de puro Egipto. Dije “una” porque son dos: su hermana hace vida en Londres, cerca del Támesis, donde al menos tiene río propio para mirarse. Hay quienes aseguran que, ciertas noches, una sombra negra y alta se desprende de la piedra y se lanza al agua; no oyen voces ni chapoteos, y cuando se asoman solo encuentran neblina, que es como el clima británico firma sus historias de fantasmas.
Los obeliscos acumulan leyendas como quien acumula polvo: sin proponérselo y con gran eficacia. Son relatos que inventamos para que nos parezcan menos mudos.
El obelisco de Central Park fue esculpido, como todos los de su especie, para imitar los rayos del Sol, sobre todo esos que se cuelan entre nubes abiertas y descienden en abanico. Su superficie es un viejo cuaderno de caligrafía, cuatro caras llenas de gente que nunca da la cara y solo les dirigen la palabra a los egiptólogos.
Aquel otoño, frente a la aguja neoyorquina, volví a sentir algo parecido a lo que me ocurrió cuando pude acercarme a un collar floral con el que viajó al otro mundo el joven Tutankamón. Fue asombroso descubrir que algunas flores tercas conservaban color y pensé si el vidrio que las encerraba no guardaría restos del aroma del Valle de los Reyes. En ambos casos, el objeto sostenía la sensación de que somos apenas un soplo.
De cara al obelisco, me pregunté cuánto más le quedará. Aunque se le notan las ganas de ser eterno, va hacia la disolución, igual que nosotros, solo que en cámara lentísima. Hoy, alto como un pequeño rascacielos y viejo como un proverbio, continúa su aventura.
Anclado a Nueva York permanece desde 1881, recordándonos que comparte nuestro destino: navegar apenas un instante sobre una corriente sin fin. A su instante y al nuestro los rigen calendarios distintos. El nuestro va a la velocidad de lo breve; el suyo sigue el ritmo de la erosión. Por encima del olvido que seremos, él continuará haciendo lo de siempre: medir cuánto tarda un parpadeo humano frente a 3 500 años de luz tallada en el granito.
ovidio.munoz@nacion.com
Ovidio Muñoz Corrales es periodista.
