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Un reconocimiento con olor a pólvora

El nuevo Estado palestino cargaría ahora con la más pesada de las responsabilidades: demostrar que puede construir en vez de destruir, gobernar en vez de victimizarse, respetar en vez de asesinar. Si fracasa, será su propio fracaso. Si triunfa, será mérito suyo

Bandera de Israel, candela encendida. Muertes de civiles. Guerras de israel
Bandera de Israel, candela encendida. Muertes de civiles. Guerras de israel Shutterstock
Bandera de Israel, candela encendida. Muertes de civiles. Guerras de israel
La biografía de Israel está escrita en sangre civil. (Shutterstock/Imagen)

Hace unos días, el mundo amaneció con una noticia que parecía una mezcla incierta en un tubo de ensayo: Inglaterra, Canadá y Australia, desde sus islas y llanuras lejanas, decidieron que Palestina ya no sería fantasma, sino Estado. Como en los laboratorios, donde se agitan líquidos de colores sin saber si producirán medicina o veneno, las cancillerías celebraron con solemnidad un experimento diplomático que podría terminar en paz duradera o en explosión incontrolable.

Y uno quisiera aplaudir con fe, pero el eco de las sirenas aún no se ha apagado en Israel, y la memoria del 7 de octubre sigue oliendo a ceniza. Recibo la noticia con esperanza –y con la mueca escéptica de quien ya ha visto demasiadas veces la misma fórmula probada con distintos químicos–. Porque la memoria no se adormece, aunque los discursos diplomáticos quieran anestesiarla.

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