
Quizá por obra y gracia de algún duendecillo inquieto, o fue simple casualidad que hace unos días, mientras buscaba no sé qué, apareció en mi desván esta fotografía, una de esas pequeñas cosas que el pentagrama de Serrat extrae de la nostalgia y el sepia, “en un rincón, en un papel, o en un cajón”.
Esa sonrisa pícara lo retrata de cuerpo entero. Ricardo Quirós Sáenz (1953-2006) siempre fue así, bromista, de fino –y filoso– sentido del humor. Sus proverbiales salidas nos hacían reír en la sala de redacción de La Nación, o bien ponernos las pilas si la presión arreciaba y las notas no estaban listas en los minutos trepidantes del cierre. Entonces, Quirós Sáenz, nuestro editor de Deportes, apretaba las tuercas con su ingeniosa personalidad. “¡Apúrense, porque las páginas van en la rotativa, no en una rueda de Chicago!”.
Es de noche, albores de la década del 90. En esta fotografía en blanco y negro, compartimos minutos de espera en una banca de madera rústica, en la rampa del antiguo Estadio Nacional, donde cronistas y reporteros nos situábamos con cercanía suficiente para obtener después del partido en boca de los protagonistas las impresiones del fervor, ahí mismo, sobre la gramilla y en la intimidad de los vestuarios, porque en aquellos días la interacción con futbolistas y técnicos era directa, hasta exclusivas se podían obtener y los periódicos publicaban versiones originales, nada que ver con las conferencias de prensa previsibles y acartonadas de la actualidad.
En la escena nos aprestamos a cubrir para La Nación las incidencias de otro encuentro del campeonato nacional. Esta vez, Ricardo ha dejado su escritorio de editor con el fin de “matar fiebre” con nosotros, los de libreta y trazo. Con un llamativo suéter a rayas, ofrece un cigarrillo a Alvin Obando, a mi izquierda en la imagen. Los tres sonreímos al fotógrafo Gerardo Sánchez, quien nos enfoca con el afán de comprobar que su cámara está en su punto de luz, lista para captar la devoción del sudor, al borde de las líneas de cal.
Por décadas, fuimos los heraldos del día siguiente, cuando los ejemplares de los diarios se deslizaban con la cadencia de alfombras mágicas debajo de las puertas, o los voceaba el pregonero en las esquinas de la ciudad. Planas de papel extendidas al desayuno entre charcos de café y boronas de pan, o abiertas de par en par en autobuses, parques y oficinas…
Maestro del periodismo escrito, formado en la Escuela de Ciencias de la Comunicación Colectiva de la Universidad de Costa Rica, Ricardo tuvo como verdadera fragua la sala de redacción y la feligresía de El Gráfico, revista argentina, una biblia en la épica del deporte que colegas como él, Danilo Jiménez, Rodrigo Calvo, el suscrito y otros, adquiríamos desde la infancia en La Casa de las Revistas.
Entre 1975 y 2005, la pluma privilegiada de Ricardo Quirós dejó su impronta en Excélsior y en La Nación, páginas que reposan en los estantes de las bibliotecas y hemerotecas donde se resguardan los diarios de un periodismo deportivo que ya no existe, porque ahora se ejerce de otra manera, ni mejor ni peor, solo diferente.
Sentó cátedra en El Salvador. La literatura y la televisión no le fueron ajenas. Junto con Erwin Wino Knohr, colaboró con Alexandre Guimaraes en el libro ¡A celebrar, carajo! Fue cofundador de Zona Técnica, con Víctor Macho Acuña y Guima. También ejerció en Repretel donde, precisamente, dio oportunidad a Alvin Obando de incursionar en la televisión. Obando, como decenas de estudiantes y periodistas (imposible citarlos a todos), recibimos la sabia influencia de un comunicador insigne.
De nuevo, recuerdo a Serrat y Aquellas pequeñas cosas, porque el hallazgo casual de una fotografía fue un boleto de ida y vuelta. Reactivó las fibras del alma y trajo al presente valores como la amistad y las actuaciones de seres que perviven en la memoria y afloran así, de súbito, en un rincón, en un papel o en un cajón.
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Roberto García H. es periodista.
