
Las familias continúan preocupadas por el costo de la vida, la inseguridad sigue golpeando a comunidades enteras, los jóvenes buscan oportunidades de empleo y los hospitales enfrentan enormes desafíos. La educación necesita respuestas urgentes y la infraestructura continúa acumulando rezagos.
Cada día que se pierde en una batalla política es un día menos dedicado a resolver los problemas de quienes sostienen este país con su trabajo y sus impuestos.
Y mientras el debate público se consume entre acusaciones, confrontaciones y polémicas que acaparan titulares e inundan las redes sociales, vale la pena preguntarse si no estamos cayendo en una especie de distracción colectiva en la que el ruido termina desplazando la atención de los temas verdaderamente urgentes.
Costa Rica no puede permitirse que el espectáculo político eclipse los desafíos que afectan diariamente a millones de personas; la ciudadanía merece respuestas sobre seguridad, empleo, salud, educación y desarrollo, no una agenda dominada por enfrentamientos que profundizan la división y retrasan las soluciones.
Nadie eligió a los gobernantes para presenciar un espectáculo de confrontaciones interminables; los ciudadanos votaron esperando liderazgo, soluciones y resultados. La crítica es necesaria en democracia.
Los controles entre poderes son indispensables; incluso el desacuerdo fortalece las instituciones cuando se ejerce con respeto y dentro del marco constitucional. Lo preocupante es cuando el conflicto se convierte en el centro de la agenda nacional y el bienestar del país pasa a un segundo plano.
Costa Rica construyó su prestigio internacional sobre la fortaleza de sus instituciones, el respeto a la división de poderes y la capacidad de resolver diferencias mediante el diálogo.
Esa ha sido una de nuestras mayores fortalezas como república. Y precisamente porque los poderes del Estado son independientes, también están llamados a coexistir con responsabilidad, entendiendo que ninguno puede sustituir al otro y que todos sirven al mismo pueblo.
No se trata de que alguien renuncie a sus convicciones o deje de ejercer sus competencias; se trata de comprender que gobernar no significa ganar la discusión diaria, sino construir acuerdos que permitan avanzar al país.
La firmeza institucional no es incompatible con el respeto; la fiscalización tampoco debería convertirse en enemistad permanente.
Hoy, Costa Rica necesita menos discursos incendiarios y más mesas de trabajo, menos culpables y más responsables, menos protagonismo político y más resultados concretos.
Las diferencias seguirán existiendo porque así funciona toda democracia saludable; lo que no puede seguir ocurriendo es que la confrontación eclipse las prioridades nacionales.
El crimen organizado no distingue colores políticos, el desempleo no espera consensos y la pobreza tampoco hace pausas mientras los poderes del Estado intercambian críticas.
Los costarricenses merecen un país donde el tiempo y la energía de quienes gobiernan se inviertan en impulsar la economía, fortalecer la seguridad, modernizar la educación, mejorar la salud pública y generar oportunidades para quienes más las necesitan; ese debe ser el verdadero campo de batalla.
Quizá la pregunta ya no sea quién tiene la razón en cada conflicto; la cuestión es otra: ¿cuándo dejarán los pleitos para empezar a gobernar juntos por Costa Rica?
Porque, al final, cuando termine esta etapa de confrontación, la historia no recordará quién gritó más fuerte, sino quién tuvo la capacidad de tender puentes para sacar adelante a una nación que hoy, más que nunca, necesita unidad, madurez y visión de futuro.
fabian.marrerosoto@gmail.com
Fabián Marrero Soto es comunicador social.