
El pasado 17 de abril del calendario gregoriano correspondió al 27 de Nissan del calendario judío. Ese día se conmemora el Yom HaShoah, el día del Holocausto, jornada en la que la humanidad –y el pueblo judío en particular– recuerda a los 6 millones de seres humanos asesinados durante aquella época funesta de la Segunda Guerra Mundial.
Este año, esa fecha adquirió para mí una resonancia aún más íntima: se cumplieron 60 años de la muerte de mi padre, Luis Feinzaig, que en paz descanse. Murió, de alguna forma, como una víctima indirecta del Holocausto. Nunca logró sobreponerse a la devastadora realidad de que la Shoa había arrebatado la vida de sus padres, de sus hermanos, de su familia entera. Su alma comenzó a decaer lentamente, hasta apagarse.
Pocos días después, el 19 de abril, se conmemoró el levantamiento del gueto de Varsovia: uno de los actos más nobles y desesperados de resistencia humana. Allí, miles de judíos se rebelaron contra las atrocidades a las que eran sometidos por el régimen nazi. Perdón por hablar en primera persona plural (“nos”), pero me siento parte de esa historia. Familias enteras de Feinzaig y de Rosenstein fueron confinadas dentro de esos muros que separaban a los judíos del resto del mundo.
En ese escenario, emerge la figura de Mordechai Anielewicz, nacido en Wiszków, pequeño poblado situado unos 60 kilómetros al noreste de Varsovia, entonces mayoritariamente judío. Fue el comandante de la Organización Judía de Combate durante el levantamiento del gueto de Varsovia en 1943 y símbolo de dignidad frente al horror.
Pero, para mí, su figura no pertenece únicamente a los libros de historia. Mi madre y él compartieron en su juventud en Wiszkow, en el mismo grupo del movimiento Macabi, en ese pueblo natal. Coincidieron en ese espacio de vida, de ideales y de esperanza, mucho antes de que la historia los arrastrara por caminos distintos. Pensar en ello me estremece: mientras él se convertiría en uno de los rostros más valientes de la resistencia, mi madre cargaría, desde la distancia, con la memoria de un mundo que desaparecería casi por completo.
Esta es, por tanto, una historia íntima. La recuerdo, la lloro como un niño y la siento como si yo mismo hubiese estado allí. El aniversario número 60 de la muerte de mi padre lo conmemoramos este año en una ceremonia religiosa en nuestra sinagoga. Mi familia se reunió en torno a su recuerdo, y el rabino pronunció palabras muy sentidas. En ese espacio de recogimiento, comprendí, una vez más, que la memoria no es solo un acto de evocación, sino una forma de presencia.
La fundación del Estado de Israel, en 1948, significó el retorno a una patria ancestral largamente anhelada. Por fin, un hogar judío: un Estado de los judíos y para los judíos, concebido como refugio y garantía de que nuestro pueblo no volvería a ser perseguido ni aniquilado.
Tras la Shoá, el mundo proclamó –al menos en principio– el compromiso del “nunca más”. Pero la historia reciente nos recuerda cuán frágil puede ser esa promesa. Israel, en su corta existencia, ha debido enfrentar múltiples guerras y amenazas constantes. Su población ha tenido que convivir con bombardeos casi diarios. Pero el 7 de octubre de 2023 marcó un punto de quiebre. Un ataque terrorista de una brutalidad estremecedora reabrió heridas ancestrales. Hombres, mujeres, jóvenes, bebés, incluso criaturas aún sin nacer, fueron víctimas de actos inenarrables. Para muchos judíos, ese día no fue un episodio más del conflicto: fue la confirmación de que el “nunca más” sigue siendo una aspiración en riesgo.
Hoy, ese “nunca más” se enfrenta a nuevas pruebas. Israel libra quizá una de las batallas más complejas de su historia reciente: no solo contra organizaciones terroristas en sus fronteras, sino frente a un poder mayor, un Estado rico e influyente que ha hecho de su destrucción un objetivo declarado. Me refiero a Irán, cuyo avance en materia nuclear y cuyo patrocinio a grupos armados como Hamás y Hezbolá configuran una amenaza persistente y profundamente inquietante.
Israel –el Estado judío– nació como respuesta a la indefensión radical que culminó en el Holocausto. En ese abismo desaparecieron también mis familiares más cercanos. Hasta hoy, sigue siendo el único Estado concebido para garantizar que el pueblo judío no dependa de la buena voluntad ajena para sobrevivir. Esa realidad nos impone una doble responsabilidad: la de defendernos y la de ser fieles a los valores y a la ética que nos sostienen como pueblo.
En medio de este escenario complejo, hay dos verdades que, a mi juicio, deben sostenerse sin ambigüedades: a) que el sufrimiento del pueblo palestino y libanés merece compasión, ayuda y una salida política real; b) que el derecho de Israel a existir y a defenderse no puede ser cuestionado ni convertido en un delito.
Si quienes hoy levantan sus voces –muchas veces desde la indignación, y otras, desde el prejuicio– desean realmente la paz, habría que comenzar por algo sencillo y profundamente humano: renunciar a los absolutos, abandonar los horribles eslóganes (tal como Estado genocida) y volver al diálogo.
Porque cuando la palabra se convierte en piedra, los puentes se rompen. Y, entonces, regreso a mi padre. Sesenta años después, comprendo que no murió solo de tristeza, sino de memoria.
Y por eso escribo: para que el mundo no olvide… y para que su dolor no haya sido en vano.
jaime.feinzaig@icloud.com
Jaime Feinzaig es cirujano dentista y exembajador de Costa Rica en Italia.